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viernes 27 de junio de 2008

Crónica de Coachella 2008: Viernes

Nos despertamos como a las 10 de la mañana. Pepe y yo nos habíamos dormido en la cama y Baylón escogió el piso, así que “ganó” el último lugar para la regadera.  Yo elegí ir primero.

—Venían bien cansados, ¿verdad?—me dijo Doña Rosa, con ese acento cantadito de Meoqui. —¿Sí durmieron bien?

—Sí, gracias—.

—Pásele al baño pues, ahí hay toallas y todo—.

—Gracias—.

Examiné el baño y era evidente que esta era una casa humilde.  Una botella de champú y un jabón en la regadera.  Quizá no necesitaban más solo ella y su hija, pero cuando recordé que no había traído nada de eso comencé a sentirme mal. 

Después de mi, siguió Pepe y finalmente Baylón.  Para cuando los tres terminamos, ya nos habían preparado el desayuno.  Qué pena.

Nosotros aún debatíamos dónde quedarnos por el resto de los días que duraba el festival.

—Oiga… disculpe, pero ¿podríamos aquí otros dos días?—dijo Baylón.

—Claro.  Por supuesto.  Esta es su casa—.

Mientras almorzábamos aprendimos que Doña Rosa y su esposo se habían venido de Meoqui hace más de cuarenta años, que su esposo y ella trabajaban pizcando fresas en los sembradíos cerca de Indio y en una planta donde fabricaban sartenes y cosas de esas.  Su esposo murió hace ya varios años y como ella había trabajado tanto tiempo ahora vivía con ayuda del gobierno.  El apartamento donde nos estábamos quedando era de esos para la gente de low income.  Más pena.

Para las 11 a.m. ya estábamos trepados en mi auto y en camino a un Kinko’s, porque yo era el único que aún no tenía boleto y estaba esperando que los de Ticketmaster me lo enviaran por e-mail.  Muy fresa, lo sé.  Afortunadamente dimos rápidamente con él y en menos que lo pensamos ya estábamos en la fila de autos para entrar.

Tardamos ahí como una media hora hasta llegar al enorme estacionamiento, donde nos preparamos poniéndonos bloqueador y echándo todo lo necesario en la mochila de Baylón.  El calor ya estaba a todo lo que da.  De ahí la larga caminata hasta la entrada.

Una vez adentro, la primer parada fue en la carpa Sahara, para ver a DJ Mehdi.

(En el festival hay un escenario principal, un escenario secundario al lado y luego tres carpas enormes con capacidad más o menos para 15 mil, 10 mil y 5 mil personas, respectivamente: Sahara, Mojave y Gobi.  Cada una con alguien tocando, así que casi todo el día hay 5 artistas tocando al mismo tiempo.)

Yo no conocía a este DJ, pero aparentemente es uno de los que Ed Banger Records, así que Baylón y Pepe tenían ganas de verlo.  No estuvo nada mal, aunque cuando comenzó el set la gente como que todavía andaba cruda o dormida y casi no reaccionaba, pero 15 minutos despues todo mundo comenzó a agarrar los beats.

De ahí nos pasamos a la Gobi para ver a Porter.  Un grupo mexa que yo tampoco conocía.  La verdad no me impresionó (y no es por ser malinchista).  Lo único que recuerdo es que por alguna razón el vocalista sonaba como Topo-Gigio de lo alto que quería cantar.  Aunque sí hubo una sorpresa agradable: Natalia Lafourcade aparentemente andaba de compa con ellos y cantó vocales en las primeras dos rolas.

Por cierto, en el festival también ponen en exhibición algunas piezas de arte que te topas por todos lados, como esta, que se llama Big Rig Jig:

Luego, de regreso al Sahara rápidamente para ver a Midnight Juggernauts, un grupo australiano (¿?) que fueron uno de los que “descubrí” en el festival y de los que me hice verdaderamente fanático. 

Ahora a ver a Battles, un grupo de “electrónica” experimental que veníamos escuchando en el camino de El Paso a Indio y que a los tres nos gustó bastante.  Excepto por el vocoder, de electrónica tenían muy poco, en realidad casi todo se lo aventaban con la batería y el bajo y el baterista por alguna razón pone uno de los platillos bastante arriba, lo cual se me hizo algo extraño.  Desafortunadamente llegamos tarde, así que las fotos salieron un poco lejanas.

Cuando Battles terminó tuvimos que hacer una pausa.  El calor ya estaba arreciando bastante y el hambre también, así que nos dirigimos a una de las áreas de comida por una Heineken y algo comestible, que en mi caso acabó siendo algo de pizza. 

Una leve pausa para jugar con una de las piezas de arte, Parábola, y ya con algo de energías, Pepe y yo nos fuimos a ver a Cut/Copy, otro grupo australiano que me cae bien.  Tocan música electro-retro-ochentero.  Bastante rico y bailable.

De ahí a ver a Múm, un grupo de islandia (¿? iceland) que yo no conocía, y que fué otro de mis “descubrimentos” en el festival.  Quién sabe qué tiene ese país (quizá sean las noches interminables) que produce artistas y grupos que les encantan las rolas largas y tranquilas con mucha melodía (Björk, Sígur Ros y ahora, Múm).

Este grupo son como siete músicos, y de lo que más me impresionó es qué tan fácil se intercambiaban los instrumentos.

Desgraciadamente mucha de su música es “callada” y en algún momento comenzó a ser invadida por el punchis-punchis de la carpa de enseguida, donde estaba tocando Sandra Collins y aparentemente se había emocionado con el volúmen.  Pero aún los de Múm no se agüitaron y mantuvieron la gracia:

—Acabamos de llegar de Islandia, y estamos soprendidos.  California es igualito.  Hay una luna hermosa y la gente es amable.  Estamos en casa.

Después de eso nos separamos.  Yo quería ver a The National, un grupo de Brooklyn, NY que se convirtió en uno de mis favoritos después del disco “Boxer”, que está excelente.  Si no lo han escuchado, neta que corran, no caminen a su página de MySpace y échenle oido a algunas de las rolas como “Brainy” y “Slow Show”.  Este era uno de los grupos en mi lista de “ver a huehui” y no desilusionaron pero para nada.

La noche comenzaba ahora a caer.  Tenía algunos minutos mientras preparaban el escenario para el siguiente grupo que quería ver, así que me fuí a dar una vuelta.  De noche, algunas de las piezas de arte comenzaron a cobrar vida.

El Big Rig Jig, de noche:

Y hasta la gente comenzó a verse como alienígenas.

Finalmente fue la hora del plato fuerte (al menos para mi):  The Swell Season.  ¿Qué puedo decir de ellos?  Glen Hansard tiene un sentido del humor bastante bueno.  Tocó la primer rola solo con su guitarra y al terminar se oía el ruido del escenario principal, donde estaban tocanto The Ranonteurs.

How to be louder than The Raconteurs?

Y le hace una señal al de la cabina de sonido para que le suba.  Y luego comenzó a tocar una rola que no le conocía cantando a madres.  (El vato solo canta con su guitarra acústica, pero si lo ven le pone una friega a la pobre, y también tiene la capacidad de cantar entonado pero casi gritando).  Solo digamos que ya no se escucharon los Raconteurs.

Pero después de terminar la rola se escuchaba un punchis-punchis de la carpa de enseguida.

—Now I have to beat Aphex Twin? Fuuuuck!

Jejeje.  Al ratito ya salió Marketa Irglova y por supuesto que tocaron poca mater.

 

Antes de tocar “Falling Slowly” (la rola que ganó el Oscar), Hansard la presentó en su manera peculiar (de lo que recuerdo):

—This song is about what happens… you know when you write write a song you kinda hope it goes somewhere… and it’s like a ball that you kick into your neighbor’s yard. But then you kick it and it goes in to the next house, and then crosses the street and then goes accross the river and into the next town… and there’s this feeling of “did I really kick it that hard?” and there’s also this feeling of “I want my fuckin’ ball back”.  This song is about that.   Actually this song is not about that at all, this song is about being in love… tonight.

Tocaron más canciones y luego en algún momento comenzó a contar que se había topado a Kim Deal de Pixies en donde les tienen la comida.  Así que decidieron tocar un cover de “Cactus”.  En medio de la rola se le rompe una cuerda a la guitarra, pero le sigue.  Uno de los roadies le trae una eléctrica y le sigue con esa.  Marketa le ajusta las perillas mientras toca (sin albur).

En fin véanlo ustedes mismos (este video sí lo tomé yo):

Tocaron otra rola y al terminar, de nuevo se oía el ruido del escenario principal.  Así que comenzó a regársela a Jack Johnson, pero luego alguien del público le dijo que era The Verve… pues también a ellos se la regó:

Ya casi al final, y por si fuera poco, el baterista de The National los acompañó a tocar un par de rolas, y decidieron tocar “The Model” una rola de Kraftwerk:

Al terminar su set.  Me pasé enseguida a ver qué alcanzaba a ver de The Verve, quienes estaban en las últimas rolas y tocaron la ultra-trillada “Bittersweet Symphony”.

Vaya día.

 

(Continuará…)

lunes 26 de mayo de 2008

Lo que permitimos

Guerra. Odio esa palabra. La odio porque los políticos, los presidentes y los periódicos la han malgastado tanto que la gente ya no sabe lo que en realidad significa.

Guerra significa muerte. Nosotros contra ellos. Guerra significa que mi familia está en peligro y que yo mismo agarraría un fusil para protegerla. Mexicanos al grito de guerra. Mexicanos yendo a la muerte.

Los encabezados se han vuelto todo números. Recuentan el número de víctimas. "Van ocho...". "Muere uno en Parral". "Mueren tres en Villa Ahumada". "Quince más...". Convertimos a los muertos en números para no recordar los nombres y así poder olvidarlos. Y no nos molestaban porque solo eran narcos ¿verdad? Los encajuelados y los levantados, se sabía, andaban en el tocadero y cuando andas en el tocadero tarde o temprano te toca. Eso es lo que sabíamos. Y con el paso de los días y de los años permitimos que todo esto sucediera. Yo permití que esto pasara.

—Por mi, que se maten entre ellos y nos dejen en paz—.

Pero estas últimas semanas algo ha cambiado. Las víctimas ya no son sólo narcos. Ahora los muertos son gente que no andaba en el tocadero. Empresarios. Niños. Un lavacarros. Estos últimos días siento que la guerra está sobre nosotros. Lo ha estado ya por un tiempo, pero no lo quisimos ver.

—No mames, dos en una semana—me dijo mi hermana, refiriéndose a un conocido y un amigo de ella de más de veinte años que habían sido baleados sin ninguna razón aparente. Ella es gerente de un bar, al igual que lo eran ellos. —¿Defiende mi reputación, eh mamá? Dígales que que yo no andaba metida en nada—le dijo bromeando en serio para que no se preocupara y para canalizar su propio miedo ante el simple hecho de que ir a trabajar podría costarle la vida.

Dos días después mataron a Willie Moya, su jefe y amigo. Willie era el dueño de muchos centros nocturnos y no andaba en negocios turbios.  Él y ella se conocían desde los ochentas, y lo estimaba enormemente. Cuando él accedió a comprar la mitad del bar, lo hizo con la condición que mi hermana fuera la encargada. La noticia de su muerte la arrasó. Entre llantos e incredulidad se asomó el dolor que sentía. —"No hay que entrar en pánico" nos dijo cuando empezó todo esto... ese cabrón era el hombre más bueno que había.

—Yo creo que estaría bueno que te tomaras unas vacaciones de unos seis meses... o que te vengas a trabajar conmigo—le pidió mi prima por teléfono. Otro tío aconsejó lo mismo.

Y fue entonces cuando no pude evitar preguntarme ¿por qué?

—No es posible que una persona que ha trabajado honestamente toda su vida tenga que sentir miedo por unos cuantos cobardes. ¿De qué otra forma podría llamarle a aquellos que atacan a personas desarmadas? La gente ya no sale a las calles.  No es posible que dejemos que nos roben nuestra libertad. ¡No es posible!

—No te quejes de lo que toleras—me recordó otra voz en mi cabeza.

Dicen que cuando alguien te amenaza puedes tener dos reacciones: miedo o coraje. Yo escojo coraje. Me es más productivo.

—Más vale morir de pie que vivir de rodillas—.

—Ya rezamos suficiente, carajo—.

—Tu sabes que Diosito nos escucha pero ¿qué demonios, exactamente, es lo que queremos que Él haga? ¿Mandar una legión de ángeles?—.

—Esos sí son cabrones, nomás ve lo que que hicieron con Sodoma y Gomorra—.

—Y si le reclamáramos: "¿Porqué no haces nada?", probablemente nos contestaría: "Por supuesto que hice algo, ¡te hice a ti! ¿O a qué crees que me refería con ayúdate que yo te ayudaré?"—.

—Necesitamos hacer algo. El señor presidente ha declarado la guerra al narco. Diez años tarde, pero finalmente lo hizo. Sin embargo, no es suficiente declararla, hay que tomar medidas para ganarla. ¿Dónde está la ofensiva del ejército? Quiero empezar a ver otro tipo de encabezados: "Mueren 8 narcos en enfrentamiento con el ejército..." "Quince narcos muertos en Villa Ahumada..." "Siete más..."—.

—¿Por qué no declararlos como traidores? Después de todo, aquellos que aterrorizan al pueblo mexicano son precisamente eso, traidores a la patria. Una vez declarados podríamos fusilarlos. Públicamente. O decapitarlos y dejar sus cuerpos en la calle, como lo hacen ellos. Recuperar el monopolio de violencia—.

—Y si el gobierno, la policía y el ejército no nos defienden, por corrupción, cobardía o incompetencia, ¡que se levante una revolución, chinga'o! ¡Como las de nuestros abuelos! ¿Qué pasaría si los nos alzáramos contra el narco? ¿Qué pasaría si los mexicanos nos diéramos cuenta de nuestro poder, de nuestros números y decidiéramos arrancar este cáncer de nuestro país?—.

Mexicanos, el acero aprestad y el bridón, que existe un enemigo que profana este suelo: nosotros.

Antes, patria, que inermes tu hijos
Bajo el yugo su cuello dobleguen
Tus campiñas con sangre se rieguen
Sobre la sangre se estampe su pie.
Y tus templos, palacios y torres
Se derrumben con hórrido estruendo,
Y sus ruinas existan diciendo:
De mil héroes la patria aquí fué.

Sangre y matanza. Quizá eso es lo que siempre hemos sido. Desde los Aztecas hasta la Revolución y los cincuenta o sesenta años que le siguieron. Quizá esta no es más que la guerra de nuestra generación.

—Pero ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego—.

Muy adentro de mi hay una voz que susurra.

—Existe algo más fuerte que todo este miedo, coraje y dolor. Algo más poderoso que cualquier capo. Recuerda: el amor—.

Sin embargo, siento que soy demasiado simio para saber cómo hacerlo brotar.

Comencé a soñar y me vi parado en la esquina de la Triunfo de la República y Plutarco Elías Calles. Caminaba por entre los autos que se detenían en cada semáforo y llevaba colgado un anuncio enorme en el pecho y la espalda, cada uno con un mensaje. En el frente tenía pintado un blanco y decía: "Hermano narco, este día podrás matarme, podrás callar a alguien como yo..." "...pero recuerda que el Señor es más poderoso que tú y que tus jefes, y hará justicia en esta vida o la siguiente."

—Arrepiéntete y cambia, antes que sea demasiado tarde. Que después ni tus santos ni nosotros tus hermanos podremos hacer algo por ti. Te amo, hermano. Así que pidamos perdón al verdadero Jefe, antes que decida atender nuestras plegarias y nos inviten a todos a pasar a La Chingada.

viernes 2 de mayo de 2008

Crónica de Coachella 2008: Prólogo

Ya me había resignado a quedarme en casa durante mis vacaciones. Había pedido en el trabajo los días que aún "me debían" del año pasado y que perdería si no los usaba. Así que cuando mis mejores amigas comenzaron de voladas con que querían ir al festival de Coachella, en Indio, CA., aparté esas fechas para poder ir. Como de costumbre yo soy el chofer de las aventuras.

—Nomás que tenemos que comprar los boletos desde unos dos meses antes porque se acaban—les dije. Y les dije y les dije. Pero se hicieron locas y al mes los boletos de un día ya se habían agotado.

—Los de tres días están muy caros... yo solo quiero ir dos—fue la primer excusa. Seguida por varias otras.

—¡Ah no canijas, ahora me cumplen o me dejan como estaba!

—Vamos mejor a Oaxaca, a Puerto Escondido.

—No mejor a Puerto Peñasco.

—Ya sé, a la sierra.

—A Mazatlán—. El plan cambiaba cada vez que platicábamos.

—Pinches morras... ¡váyanse a la goma pues!—y le hablé a Raquel para decirle que mejor iba a visitarla unos días a Chihuahua.

El primer día, el miércoles, me empeñé en descansar y no hacer absolutamente nada de provecho. Me la pasé arreglando pendientes de la casa que nunca resolvía por falta de tiempo y matando el tiempo en la computadora. Y en eso se me ocurrió meterme al Messenger para ver quién estaba conectado.

Estaba platicando con Alexa un ratito sobre mis planes alternos de imitar un perezoso, y a los pocos minutos comencé a recibir mensajes de Pepe, mi "ex-cuñao":

—¿Quihubo? ¿Qué milagro?

—No pos aquí malgastando el tiempo un rato. Había pedido estos días para ir a Coachella, pero se me rajaron mis amigas.

—Ah simón, un compa y yo vamos a ir.

—¡Malditoooo, te odio!

—Sí, vamos a rentar un auto y manejar hasta allá.

—Ah chinga', ¿pos qué están locos? ¿Rentar auto? ¿Por qué?

—Porque los camiones tardan mucho y no llegamos. Traemos como 200 dólares.

—No manches eso sale carísimo... yo tengo auto, lo que no tengo es cash, porque me acaba de despelucar el maldito IRS... me tocó pagar "taxes" de nuevo y tuve que dar como 600 dólares.

—Qué mal pedo. ¡Pues vámonos! Vente con nosotros.

—Pues sí, ¿verdad? Les sale más bara a ustedes. Si ponen la gas yo pongo el auto—. Mi mente inmediatamente entró en modo de ingeniero de logística: "Con mi tarjeta de crédito podría alcanzar a pagar los boletos de entrada... apenas. Tendría que llevar el auto a que le cambien el aceite porque ya le toca el cambio. Chin, tengo que comprar las cosas que me había encargado mi hermana de El Paso ahorita mismo, en vez de mañana, como lo tenía planeado... A ver, ¿cuánta lana me queda...?" —Pues yo puedo cooperar con como unos 60 dólares que es lo que me queda. Oigan, ¿y ya saben dónde se van a quedar?

—Pues habíamos pensado vagabundear.

—¡Estan locos! Con la cantidad de raza de fuera de la ciudad que va a haber en ese pueblucho la policía va a andar especialmente payasa. Y a estas alturas no va a estar canijo encontrar un hotel para reservar... quién sabe en cuánto anden...

—¿Y si nos quedamos acampando?

—Podría ser. ¿Tienen equipo?

—No pero en el camino nos detenemos en un Wal-Mart o algo así.

—Hmmm... a ver... los boletos para el área de acampar andan en 55 dólares por piocha, pero son para todo el fin de semana. Igual y sí se arma—. Después de todo, qué es una aventura sin algo de incertidumbre. —Aparte, muchas de las personas solo van a ir para los últimos dos días, así que igual y sí encontramos un hotel.

—¿Entonces cómo le hacemos? ¿A qué hora nos vamos?

—Pues no sé... yo estoy de vacaciones, así que tú dime.

—Yo tengo clase mañana, y tengo que ir al laboratiorio pero me desocupo como a las 11 de la mañana. Luego voy por este güey al puente porque viene desde Monterrey.

—Sale. Yo aprovecho la mañana para llevar el auto a que le hagan el servicio y los recojo allá. Ahorita deja compro mis boletos para el festival y te marco más tarde para ver qué onda.

—Chido. Nos vemos.

Y sin querer queriendo se había armado el viajecito. Le conté rápidamente a Alexa que seguía en línea. Comencé a acelerarme porque ahora había más pendientes que resolver: necesitaba hacer mis maletas, comprar los boletos por Internet, buscar dónde imprimir mis boletos porque no estarían listos sino hasta el viernes que comenzaba el festival, buscar hoteles potenciales, direcciones de manejo y mapas de dónde era el evento y cómo llegar desde El Paso hasta Indio. De lo que recordaba de la útlima vez que fui, hace cuatro años, era sencillo: tomas el I-10 rumbo al oeste unas 700 millas, casi hasta donde se acaba el país.

En todo el merequetengue, no me había percatado que Raquel se había conectado y también estaba ahora en línea.

—¿Qué crees? Siempre sí me voy a ir a Coachella.

—¿Cómo? ¿Siempre sí van a ir?

—No, con tu prima y el resto de las viejas locas no. Pero, ahorita se acaba de armar con otro amigo.

—¿Y yo qué?

Demonios. Ya no había presupuesto para picharle el viaje como inicialmente lo planeamos. Comencé a pensar de dónde sacar lana... —Se me hace que ya no alcanza el varo...

—No, no me refería a eso. ¿Ya no vas a venir a verme?

—Umm...—más demonios—se me hace que no. Nos regresaríamos el lunes para llegar acá en la noche y tengo que ir a trabajar el miércoles. Pero igual y puedo ir la semana que entra...

—Ah, ya no te hagas pato y ve.

Maldición. Debí haber anticipado ese subtexto de "te doy 'permiso' pero me las vas a pagar". Ni modo, lo hecho, hecho está. Ya está apuntada la chancla y ahora no hay vuelta atrás.

 

 

Me desperté temprano la mañana siguiente para hacer todo lo necesario, y todo procedió de acuerdo al "plan". Para la 1 p.m. quedamos en vernos en el Whataburguer de la calle Mesa, el que está justo afuera de la Universidad de El Paso, donde Pepe está estudiando.

Pepe (aún me cuesta un poco de esfuerzo no decirle Babudas, que era el apodo con el que llamaban sus hermanas) es el hermano menor de Sandra, un amor que desde hace ya varios años tuve que guardar en un rincón especial de mi. Lo conocí cuando él tenía como unos trece o catorce años y todavía estaba en secundaria. Era un niño en aquella época. Extrañamente, después de romper con su hermana seguimos siendo amigos. De alguna forma nos unía el sabor y la pasión por la música y cuando él todavía estaba en prepa nos echamos varios viajes a Las Cruces y a Albuquerque, para ver a "bandas" tocar. La última vez que lo había visto fue en la época navideña, hace como dos años, cuando me lo topé a él y a su novia en Barnes & Noble. Nuestra conversación fue breve, pero me platicó que estaba estudiando física en UTEP, y lo extraño es que lo intuí por los lentes que ahora usaba. Ahora estaba ya a punto de gradurase e irse a Europa a estudiar una maestría.

Llegamos al Whataburguer apenas con un minuto de diferencia. Lo vi aproximarse por la calle University acompañado de un sujeto también de lentes, pero con barba talibán-esca.

—Mira, este es Baylón.

—¿Qué rollo? —¿Qué tal?

—¿Qué onda, cuál es tu auto?

—Pues el más marrano—. Uno de los pendientes era lavarlo para quitarle una o dos de las tres capas de tierra que traía, pero no me alcanzó el tiempo.

—Vamos por el mío para dejarlo en casa de mi tía ¿no?

—Simón. —Arre.

Procedimos a dejar encargado el auto en casa de su tía Teresa. Luego una breve pausa en Wal-Mart para abastecernos de chuchulucos. En el camino nos topamos a Alexa y su suegra en un semáforo.

—¿Qué onda? ¿No se iban ayer?

—No. Ahorita. De hecho ya vamos para allá.

—¡Qué padre! Yo quería ir... que se la pasen a toda madre mijo. ¡Me traes algo! ¿Eh?

—Ándale pues...

 

 

Pasaban ya de las 2:30 p.m. cuando agarramos carretera. Aún nos esperaban unas diez horas de viaje y tres estados que cruzar, así que había que mantener el paso y parar lo menos posible.

Baylón resultó ser amigo de Pepe de la prepa. También le había dado por ser físico, pero estudió en Monterrey. Dos físicos y un inge en un auto parecía casi un chiste clásico de geeks. En algún momento del camino estaban haciendo construcción en la carretera y tenían uno de esos dispositivos que dice a qué velocidad va cada cocche:

—Me pregunto cómo jalan esas cosas—dijo Pepe.

—No sé...

—Pues dos radarazos, ¿no?—contesté yo. —Con eso puedes determinar la distancia y la velocidad...

—¡Ah sí!—exclamó Baylón.

—¿Ya te estabas imaginando lásers y algo diabólico, verdad?—le preguntó Pepe, dando a entender que también había pensado algo similar.

—Ay, ¡físicos! Por eso nos necesitan, para encargarnos de los detalles prácticos.

Paramos solo un par de veces, una para cargar gasolina y otra para comer y aguantar hasta la noche. Baylón durmió la mayoría del camino en el asiento trasero, recuperándose de la desvelada y de tener que tomar un vuelo a las 5 a.m. desde Monterrey para llegar a Juárez.

Platicamos de mil cosas en el camino, mientras yo manejaba y Pepe permanecía en el asiento del copiloto. Diez horas en auto llevan a conversaciones interesantes, especialmente cuando llevas literalmente años sin platicar con alguien. Sin haberme dado cuenta, Pepe se convirtió del chavito que solo era "el hermanito de Sandra", a un amigo con el que ahora me podía ir a echar unas cervezas. Filosofamos bastante y platicamos mujeres y de la vida. Es extraño oir las historias y los acontecimientos de lo que en algún momento fue también tu familia. Escuchar cómo ha cambiado cada quién, para bien o para mal. Hasta le platiqué algunas historias que nos había contado su abuelo cuando Sandra vivía con él. Era como contar las aventuras de mi propio abuelo, al que nunca conocí en persona.

Por aquello de las 9 p.m. sugerí que decidiéramos dónde íbamos a pasar la noche. Le di la lista de hoteles en el área a Pepe y él comenzó a marcar a cada uno de ellos usando mi celular. Las conversaciones parecían repetirse.

—Hi. Do you have rooms available for tonight? No? Thanks.

—Hi. Do you have rooms available for tonight? You're all booked? Thanks.

—Hi. Do you have rooms for this weekend? And what's the rate? 219 per night? Thanks.

—Hello, do you have rooms available for tonight or this weekend? Just one? And how much is the rate on that? OK, thanks. 230.

Era claro que las opciones de hospedaje estaban totalmente fuera del presupuesto. Acampar podía ser una opción, pero llegaríamos cansados y pasada la media noche así que tampoco era muy atractiva la idea.

—Pues yo tengo familia en Indio—dijo Baylón—pero nunca los he conocido.

—¿Ah sí?

—Sí, una heramana de mi abuela vive ahí con otra tía. De hecho mi abuela habló con ellas para avisarles que veníamos, pero pos me da un chorro de pena pedirles que nos quedemos ahí porque no me conocen.

—Pues se me hace que no nos va a quedar de otra.

—Está bien—. Tomó mi teléfono y comenzó a marcar. —¿Hola? Qué tal, habla Javier el nieto de Amelia... Creo que le avisó que iba venía yo a Indio... Oiga, sabe que me da mucha pena, pero vengo con unos amigos y no encontramos donde quedarnos esta noche, ¿estaría bien si nos quedamos con usted...? Hijo, muchas gracias. ¿Cuál es su dirección...? Muy bien, nostros estamos como a dos horas de llegar, ya casi salimos de Arizona, entonces llegamos como a las doce treinta o una de la mañana tiempo de ustedes... Muy bien, ¡gracias!

—¡El destino!—le dije al Babudas. —Cuando algo quiere pasar, pasa.

Al llegar a Indio nos detuvimos en una gasolinería a comprar un mapa detallado del área y a estirar las piernas. La calle Géminis quedaba cerca, apenas a unas cuadras de la salida de la carretera interestatal para llegar a la 111.

Nos recibieron Doña Rosa y su hija Lola. Doña Rosa era una octagenaria de cabello plateado, originaria de Meoqui, Chihuahua, a juzgar por el acento. Ambas vivían en un departamento de dos cuartos y nos habían cedido uno de ellos para que durmiéramos en él. Era claro que había pasado su hora de ir a dormir.

—Pásele, pásenle, que esta es su casa. ¿Cómo les fue de viaje?

—Bien, Gracias a Dios, un poco largo pero ya estamos aquí—contestamos.

—A ver Lola, pónles unos cojines más para que puedan acostarse. ¿Ya cenaron?

—Sí, comimos algo en el camino.

—Bueno pásenle si quieren a dormir, que yo creo vienen cansados. Pero, ¿sí cabrán bien en ese cuarto?

—Nosotros nos acomodamos, usted no se preocupe.

—Está bien. Buenas noches entonces.

 

(Continuará...)

jueves 10 de enero de 2008

Infeliz Navidad

Cómo tres hombres le robaron la Navidad a 134 familias

 

(Fotos de Alex Briseño)

Cuando llegamos a la calle Neptuno #1825, eran poco después de las diez de la mañana y el sol apenas comentaba a calentar. A tres días de Nochebuena, era una de esas mañanas que me hizo estar agradecido de haberme puesto mi abrigo pesado antes de salir de casa.

Había tres o cuatro empleados de la recientemente difunta fábrica AMEX de México haciendo guardia alrededor de una fogata hechiza con pallets. Entre ellos estaba Roberto Romero, un señor de mirada triste, como de unos cincuenta años, de nariz y bigote prominentes. Vestía una chamarra con el logotipo de Honeywell, pantalones de poliéster y tennis grises,  ataviado de una gorra que tenía emblemas de la bandera de México y de los rayados de Monterrey. Por la apariencia, deduje, una de esas personas que ha trabajado ya mucho tiempo en “la maquila” y viste con lo que permite el salario mínimo que les pagan.

Haciendo guardia

Alex y yo nos bajamos de la camioneta y él se presentó a través del cerco de acero.

—Sabe que venimos de una comunidad de programadores, y nos enteramos de su situación por medio del periódico, y pues algunos de nosotros nos reunimos para ver cómo podíamos ayudarlos... así que juntamos algunas despensas de comida y nos gustaría entregárselas. ¿Hay alguno de ustedes que sea el representante?

Los tres asintieron y uno de ellos comenzó a caminar por el estacionamiento hasta perderse detrás de una caseta desde donde se controlaba el acceso al interior de la fábrica.

—Originalmente queríamos juntar una por cada familia, pero no pudimos —continuó—. De todas maneras pensamos que podían servirles, quizá a los más necesitados.

—En verdad se los agradecemos. Nos dejaron sin nada. Sin sueldo, ni aguinaldo, ni ahorro. Nada. Y luego en esta época. Así que se los agradecemos en verdad, de todo corazón —dijo Roberto mientras ponía la mano sobre su pecho.

Pronunciaba las palabras todavía con un nudo en la garganta. Como alguien que había contado su historia varias veces y aún así no podía tragar la tristeza que acompaña al coraje de la injusticia.

Roberto Romero

Habíamos juntado apenas unas 50 despensas.  Lejos de la meta de una para cada uno de los 134 empleados que habían sido embaucados.

Al minuto siguiente salió otro hombre. Moreno, de cara redonda, placentera y abierta. Romeo Acevedo. Dijo ser lo más acercado a un representante de los que estaban, y Alex procedió a contarle de nuevo el porqué habíamos ido. Luego de que Romeo explicó el método por el cual repartirían los alimentos —una lotería, para que no hubiera favoritismos— procedieron a abrir la reja de acceso al estacionamiento. Carlos, el compadre de Alex, condujo la camioneta hasta la caseta mientras él y yo entramos a pie. Oscar, otro amigo que llevaba algunas despensas más, llegó en ese momento y entró también con su auto.

—¿Me deja tomar unas fotos? —preguntó Alex—. Es para comprobarle a los que hicieron los donativos que se los entregamos y no piensen que hubo tranza.

Con la aprobación de los custodios, sacó el tremendo camarón fotográfico, una Cannon EOS Digital Rebel XTi que era su nuevo juguete. Inmediatamente vi un desconcierto en la cara de nuestros anfitriones.

—¿De dónde dijo otra vez que venían? —me cuestionó directamente Romeo, para aclarar, quizá, si no éramos reporteros que se habían quedado dormidos y llegaron tarde a la historia.

—De una comunidad de programadores.

—De aquí puede sacarle buenas fotos al logo de la fábrica —le aconsejó inmediatamente Roberto a Alex, en un movimiento que parecía ensayado de las visitas que seguramente les habían hecho los medios.

Para entonces, más ex-empleados habían salido del interior de la fábrica y unos habían tomado un diablito que estaba cerca de la camioneta para comenzar a descargar las cajas con víveres.

—Alex, ¿que empiecen a bajarlas?

—Sí. Solo quiero tomarle fotos a donde las vayan a guardar.

En un dos por tres comenzó el movimiento, con la eficacia y prisa de un hormiguero. Un joven, como de unos 19 o 20 años y orejeras para el frío se trepó a la caja de la camioneta y comenzó a pasar los bultos para ser apilados en los diablitos. Como solo había dos, únicamente podían llevarse una docena de cajas por viaje, y unas señoras, ex-empleadas también, comenzaron a juntarlas en unas mesas y sillas cerca del área de descarga.

Descargando las despensas

—No traemos prisa ¿eh? De veras —dijo Alex, para tranquilizarlos un poco. Inmediatamente disminuyeron el ritmo.

—Leí que lograron confiscarles algo de la maquinaria cuando intentaban cruzarla a El Paso. ¿Es cierto?

—Sí, agarraron nomás un camión, pero ya habían logrado pasar el resto.

—¿Qué tipo de maquinaria era?

—Máquinas para textiles. Hacíamos cortinas, y algunas cosas para hospitales... y ¿qué más? —preguntó Romeo a sus compañeros.

—Guantes. Para la industria petrolera —le completó Roberto.

—¿Y cómo le hicieron para llevársela sin que se dieran cuenta?

—Nos dijeron que nos íbamos a cambiar de planta, entonces con esa excusa comenzaron a sacarla una o dos semanas antes. Y el viernes pasado nos dejaron salir como a las once de la mañana. Se nos hizo raro, verdad, porque nunca nos habían hecho dejar así nomás lo que estuviéramos haciendo. Pero ya ve, uno a veces por salir temprano del trabajo. Nunca pensamos que se fueran a ir de la noche a la mañana. Y lo malo es que muchos de los que trabajaban aquí eran familias. Hermanos... cuñados... así que ni cómo ayudarnos los unos a los otros. Las monjitas de la Casa del Migrante, que está aquí enfrente, nos consiguieron unos colchones y cobijas, y los de una pastoral nos han estado trayendo algo de comida.

—¿Y el personal administrativo? —preguntó Alex, tratando de averiguar si habían estado involucrados en el engaño.

—Se quedaron igual que nosotros.

—¿Les gustaría pasar a ver cómo quedó por dentro? —nos dijo Roberto ya más en confianza. Para entonces la descarga había casi terminado.  Accedimos y empezamos a caminar hacia el interior.

—Y ¿cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

—Once años —contestó Romeo—. Pero hay gente aquí que llevaba hasta catorce.

En el lobby de la entrada, se veía el logotipo de AMEX, obstruido parcialmente por un grande árbol navideño. Era quizá el símbolo más irónico que haya yo visto en toda mi vida. Hacia la izquierda se encontraban las oficinas administrativas, y hacia la derecha la entrada al piso de la planta. Alex se quedó un momento tomando fotos de la oficina de Recursos Humanos, que había sido convertida en la bodega para los alimentos que llevamos. Carlos, Oscar y yo continuamos adelante, siguiendo a Romeo y Roberto, quienes nos llevaron hasta el lugar donde anteriormente pasaban todo el día trabajando.

La entrada a AMEX

Es extraño caminar por el esqueleto de una fábrica. Olía a frío y polvo. El lugar estaba en sombras, excepto por dos o tres tragaluces por donde se colaba la luz de la mañana. El piso de cemento pulido que alguna vez pintaron, quizá por seguridad, estaba completamente rajado, dejando descubrir aquello que intentaban ocultar. Enfrente de la oficina del gerente de materiales, había dos o tres rollos de tela tirados, y unos cuantos pallets con material para empacar: plástico y cajas de cartón.

—Eso fue lo único que dejaron —dijo Romeo.

—¿Y qué hacían las máquinas que tenían? ¿Cómo era cuando estaban aquí? —pregunté yo, queriendo sacudir un poco la morbosidad del momento.

—Pues esta pared estaba llena de rollos colgados. Los tomábamos de aquí y los tendíamos en esas mesas, que son las de corte. De ahí se pasaban a las máquinas de costura que estaban allá y allá —contestó Roberto—. Dejaron las mesas de corte, que no valen nada.

—Y había otras máquinas allá donde le llamábamos “la jaula” —agregó Romeo.

Alex indagó más: —¿Y el edificio, era de los dueños?

—No, es rentado.

—Porque con eso de perdida hubieran podido recuperar algo. Pero canijos, hasta en eso pensaron.

—¿Y no han logrado dar con ellos?

—Pues los primeros días una de las contadoras logró comunicarse en un teléfono de El Paso con el papá del dueño y del gerente de planta, que son hermanos. Y dijo que no sabía nada del asunto pero que iba a averiguar. Pero el gerente de aduanas, que también es gringo y los ayudó ese último día a sacar las máquinas y pasarlas al otro lado, dijo que vio al papá aquí ese día.

—¿O sea que los dueños y los gerentes eran gringos?

—Sí. Y ya sé que no todos los gringos son así, pero estos sí nos dieron en la madre —dijo Romeo, resignado—. El de aduanas también se quedó esperando su cheque.

—Y luego que también llevaban como cuatro años sin pagar nuestras aportaciones a Infonavit, así que muchos de nosotros ahora traemos una deuda bien grande por culpa de ellos —añadió Roberto.

A Alex y a mí se nos escapó una risa nerviosa de “es el colmo”.

—Todavía que no les pagaron la lana que les correspondía por ley, aparte les robaron su ahorro y aportaciones al Infonavit, que era lana de ustedes —exclamamos los dos—. ¿Cómo se llaman?

—El papá, Donald A. Martinez Sr., y los hijos, Donald y Shane Martinez.

—“Shame” Martinez —bromeó Carlos.

—Tuvimos que venir a hacer guardia para que Hacienda no se lleve lo que queda.

—¿Y ustedes pueden trabajar mientras? ¿No tendrían broncas con su caso?

—Pues no nos queda de otra. No tenemos nada. Lo peor es que en otras empresas nos quieren tachar de grilleros.

Mientras más nos platicaban, más evidente era que estas personas habían sido víctimas de una conspiración bien calculada, planeada y ejecutada. Comencé a preguntarme qué clase de personas podían tener una falta de conciencia tan grande para fregar de tan mala manera a 134 familias.

Nuestros anfitriones continuaron con el tour. Nos llevaron al otro extremo del piso, donde a cada paso que dábamos nos hundíamos más en oscuridad. A la derecha de nosotros, en el piso, había una docena o más de pilas con pedazos de tela.

Lo que dejaron

—Todo eso es escrap. Yo creo ni siquiera la basura se lo quería llevar —me explicó Roberto.

—¿Y esa, es la jaula que nos comentó? —pregunté a Romeo, apuntándole hacia a un área divida del resto del piso por medio de una cerca de acero.

—Sí. Ahí es donde hacemos bordados. Hacíamos —se corrigió.

—¿Y qué pasó con las oficinas, dejaron algo? Computadoras, escritorios... ¿algo?

—Los escritorios los dejaron. Pero de hecho tenían cuatro computadoras, una de ellas bien viejita. Se llevaron las tres que servían. ¿Quieren ver?

La puerta de entrada hacia las oficinas, desde el piso de producción, estaba entre las tarjetas para “checar” entrada y el pizarrón de goma de donde estaba colgado el reglamento de la empresa, que no había sido renovado desde noviembre del 2001. Me pregunto si fue desde entonces cuando a los dueños dejaron de importarles las reglas.

Al fondo de la antesala a las oficinas estaba la computadora en cuestión: una IBM PC Series 300 o 700 que se dejó de fabricar hace unos siete u ocho años. Yo llevaba como cinco sin ver una de esas. Completamente obsoleta y sin valor. La antesala tenía dos ventanas grandes de donde entraba el calor de la luz solar.

—¿Y ya consiguieron abogado, o quién les está ayudando con su caso? —preguntó Alex.

—Sí, el abogado que era de aquí de la empresa. Él nos está ayudando.

—¿Y sí es honesto? Porque luego nunca falta el aprovechado.

—Sí. De hecho, los dueños mandaron un tipo que le ofreció primero diez mil dólares para dejar el asunto. Así en los dos o tres días en que él dejaba el caso ellos podían meter otros papeles para zafarse. Cuando le ofreció veinte mil, llevó al tipo a donde estábamos nosotros y le dijo: “A ver, repíteles lo que me acabas de decir.” “No, que le estaba ofreciendo veinte mil dólares para que se los repartieran y se arreglara el caso.” “No, eso no fue lo que me dijiste. Repíteselos. Dijiste que me ofrecías ese dinero a mí.”

—Pues eso habla bien de él. De perdida alguien que les eche la mano.

—Pero él mismo nos dijo que tenemos que esperarnos hasta enero, cuando regresen de vacaciones los tribunales para que haya movimiento en nuestro caso.

—Hasta eso planearon. Canijos—dijimos Alex y yo—. Escogieron el mejor momento para pelarse.

Una vez que agarramos un poco de calor, pasamos a inspeccionar la oficina del gerente de planta. Sin electricidad era fácilmente el lugar más oscuro de toda la fábrica. Tenía un baño privado, una ventana grande y un enorme escritorio, detrás del cual, sentado, se podía ver perfectamente el piso de producción. Bajo las circunstancias era difícil no sentir como si estuviera en la oficina de un capataz. Alex tomó algunas fotos, pero debido al flash no se aprecia lo oscuro de ese lugar.

Cruzando el pasillo, noté que la mesa de una sala de juntas había sido habilitada como cama. En la pared, en lo alto, todavía colgaba uno de esos armazones para sostener televisores. Obviamente también se llevaron el televisor. En la pared adyacente del pasillo, por sí sola, estaba pegada una placa que el DIF había otorgado a la empresa en “Reconocimiento por su valioso y desinteresado apoyo a la comunidad juarense.” ¿En qué momento entonces, se dejaron de preocupar por el bienestar de sus propios empleados?

Uno de los

Reconocimiento

En eso llegó el Ing. Arturo Núñez, que vio curiosamente cómo intentábamos tomarle una fotografía a la placa. Vestía un poco menos humilde que el resto de los ex-empleados, con chamarra y guantes de piel y bufanda alrededor del cuello. Me pareció de esos ingenieros “a la antigua”. De la época cuando ser “ingeniero” era de respeto y que desde entonces nunca habían perdido el estilo. Me recordó un poco a mi papá, que en paz descanse. Él había sido el gerente de ingeniería, o algo así, pero ahora estaba en el mismo bote que el resto.

Alex intentó nuevamente explicar quiénes éramos y por qué estábamos ahí. Era la tercera vez que lo hacía, y con cada ocasión crecía en mi la sensación de lo insignificante que era nuestra aportación.

—Nos cortaron la luz, el agua y el gas, pero tenemos una plantita de gasolina —dijo el ingeniero—. Al rato, yo creo, nos cortan el teléfono, pero por lo pronto todavía lo tenemos. Queremos ver si podemos echar a andar la computadora para meternos a Internet y ver si podemos rastrear a estos tipos. Nos dijeron que el papá está vendiendo su casa de El Paso, por casi un millón de dólares, pero no hay mucho que podamos hacer para detener la venta.

—A ver si los podemos ayudar con eso —replicamos.

El resto de las oficinas, la de contabilidad, ingeniería incluso la enfermería, habían sido convertidas en dormitorios para los que estaban haciendo guardia. Ni siquiera quise imaginarme lo que era dormir en ese lugar, con el frío desértico de Cd. Juárez.

Al final del tour, ya de vuelta en el lobby, oí reír a dos niños, uno como de seis y uno de aproximadamente ocho años.

—¿Son tus chamacos? —pregunté a Romeo.

—No, son de él —indicando a otro de los ex-empleados.

El más grande traía una hoja para colorear con un Santa Clos, y comenzó a correr hacia las oficinas.

—Voy a sacarle una copia para que lo pintemos...

—¡Espérate, no hay luz! —le recordaron rápidamente los adultos. Es envidiable cómo los niños son inmunes a estas cosas.

Procedimos a las formalidades para cerrar el trato: la firma del recibo que indicaba que les habíamos entregado las despensas.

—No vayan a pensar que es por desconfianza —explicó Alex— pero nosotros necesitamos darles cuentas a los que las donaron.

—Claro que sí —dijo el ingeniero mientras firmaba.

—Y de nuevo, de todo corazón, se los agradecemos —completó Roberto.

—Si lo único que lamentamos es que no pudimos hacer más.

—Y pues mucho gusto de haberlos conocido —dijo Alex—. Lástima que haya tenido que ser en estas circunstancias.

Mientras caminábamos de vuelta a la camioneta, un grupo distinto de ex-empleados estaba ahora alrededor de la fogata.

Alrededor de la fogata

—Pues dicen que el humo sigue a las brujas —le decían en broma a una señora que estaba sentada, y quien no le quedó más que soltar una saludable carcajada.

domingo 11 de noviembre de 2007

En la mim

Pues al parecer el Pelos me embarcó con una de estas cosas, un meme (se pronunciaría "mim" en español).  Yo no sabía qué eran en términos de los blogs, pero conocía la palabra del mono que la inventó: Richard Dawkins.

En su libro The Selfish Gene (que por cierto tengo que volver a leer un día de estos) él sostenía que los seres vivos no somos más que máquinas que fuimos construidas por nuestros genes para replicarse a si mismos y sobrevivir.  En otras palabras, explica la evolución no en términos "supervivencia de las especies" o de los individuos, sino en términos de "supervivencia de los genes".

Sin embargo, necesitaba otra forma de replicador para explicar cómo las ideas culturales--como por ejemplo la idea de Dios--se evolucionaban en la especie humana.  A eso le llamó meme:

"The new soup is the soup of human culture.  We need a name for the new replicator, a noun that conveys the idea of a unit of cultural transmission, or a unit of immitation. 'Mimeme' comes from a suitable Greek root, but I want a monosyllable that sounds a bit like 'gene'. I hope my classicist friends will forgive me if I abbreviate mimeme to meme. If it is any consolation, it could alternatively be thought of as being related to 'memory', or to the French word même.  It should be pronounced to rhyme with creme." (The Selfish Gene, capítulo 11, p.192) 

En términos de blogs, meme es algo más parecido una versión de "la traes" o a los e-mails en cadena.  Seguramente has recibido uno de ellos.  Son los que te mandan tus amigos y después de tirarte un choro por lo general cursi y mareador te dicen "manda esto a X cantidad de personas ahora mismo o mañana se te cae el pito". 

Pero en fin, como nunca me han incluido en una de estas cosas, me sentí bastante honrado y pues voy a entrarle al juego, aunque tenga un tinte un poco egocéntrico. 

El mes pasado cumplí 3 décadas en este planeta (oséase ya estoy treintón) y una de las cosas que me di cuenta es qué tanto de lo que considero que soy "yo" en realidad viene de otras personas. Así que estas son 8 cosas de mi persona, que en realidad heredé de mi familia y seres queridos:

De mi madre, a tener fe.  En Dios o en la vida, no importa.  Mi mamá crió cuatro hijos prácticamente por su cuenta.  Trabajó dos trabajos por años, sacrificando tiempo con nosotros para que  no pasáramos hambre o frío.  Aún recuerdo cuando era todavía muy niño oirla rezar y a veces llorar en la noche, cuando pensaba que todos estábamos dormidos, para aliviar un poco su preocupación acerca de dónde saldría el dinero para pagar los recibos y poder comprar comida.  Y "de alguna forma, todo va a estar bien, ya verás" quedó tatuado en mi.

De mi padre, aprendí dos cosas.  Primero, que el dinero va y viene, al igual que el éxito.  Hay tiempos buenos y tiempos malos, pero lo único que en realidad tiene un hombre en la vidaes su palabra, y la honestidad para respaldarla. La congruencia de que si dices algo, lo haces, y eso será lo que la gente que te conoce respetará y les dará confianza acerca de ti.  Y segundo, a que todos somos imperfectos.  A pesar de que siempre supe que estaba ahí cuando lo necesitaba, por años resentí a mi padre por no vivir con nosotros y por la incongruencia de haberme tenido a mi (un hijo fuera de su matrimonio) con su concepto de la honestidad.  Pero cuando murió finalmente comprendí, que todos hacemos cosas que quizá no encajan 100% con las reglas, pero que no quiere decir que no se hagan por amor, y que en el esquema grandioso del universo, en realidad no importan.

De mi hermana Sandra, aprendí el gusto por aprender.  Quizá fue la chinga que me puso cuando fue mi maestra de tercer año de primaria, o todas las veces que me llevaba con ella cuando daba clases en la primaria Fidel Ávila, o quizá cuando ella iba a la Universidad y me llevaba con ella.  Yo solo tenía tres años en aquel entonces.  Aunque para ser sincero, hubiera preferido heredar su enorme facilidad por demostrar cariño y hacer sentir a cualquier niño que es especial y valioso, pero pues no se puede todo en la vida.  Tendré que trabajar sobre eso.

De mi hermana Lara,  también aprendí dos cosas.  Primero, que el amor no debe tiene condiciones.  Que aún cuando no entiendas a una persona, como a tu hermano latoso, esnob y geek, eso no es impedimento para amarlos y para demostrárselos estando siempre al pendiente de ellos.  Y segundo, que a las personas que más hostigas son a las que más quieres. Que si te la pasas haciendo chistes a costa de ellos--pinche flaca ;o)--es porque les estás demostrando que te importan. La indiferencia, entonces, es el peor desprecio que puedes hacerle a alguien.  Así que no seas indiferente con las personas que amas.

De mi hermano Yuri, que las personas sí pueden cambiar si tienen el valor de enfrentarse a si mismos; que no somos víctimas de nuestra herencia.  Mi hermano desde pequeño fue presa de su curiosidad, su ingenuidad y su enorme nobleza.  Eso lo llevó por casi 20 años a ser un alcohólico y un adicto, quizá predispuesto por el hecho de que su padre había sido alcohólico.  Hasta que un día, por amor a sus hijos y a si mismo decidió enfrentarlo.  Yo sé que no fué fácil porque tuvo que enfrentar a su sombra y a los demonios que se esconden en ella.  De eso ya hace cinco años--¡Felicidades carnal, por tu aniversario!

De mis hermanas Karla y Mónica, y su mamá Vicky, que el amor común por alguien puede llevar al perdón, y unir a personas que estuvieron separadas por más de 20 años.  Lo que dicen los gringos es cierto, la sangre es más espesa que el agua.  Cuando estás sentado al otro lado de una mesa, tomando el almuerzo con alguien que a la vez es prácticamente una extraña pero al mismo tiempo es la viva imagen de tu papá te das cuenta que aunque los caminos han sido distintos, estás unido por un hilo divino que es tan visible como el sol.

Y bueno, ni siquiera voy a mencionar a mi abuela, tíos, primos y amigos, amigas y novias del pasado, porque esta lista de ocho fácilmente crecería a ochenta.

Ahora me toca a mi embarcar a la raza... ñaca ñaca...

Aunque como no tengo tantos amigos blogueros que no me los hayan ganado de mencionar otras personas, solo voy a embarcar a cinco.  Recuerden, tienen que hacer una entrada sobre 8 cosas (las que quieran), dejar a un comentario en esta entrada pa' avisar que cumplieron y luego embarcar a otros incautos.

La trais:

miércoles 31 de octubre de 2007

Mira lo que me encontró

Todo comenzó el sábado en la noche con un maullido misterioso. Se oía a lo lejos, muy leve, como al otro lado de la calle a unas cuatro o cinco casas. Para el domingo en la noche, cuando salí a meter mi auto en la cochera, volví a escucharlo, un poco más cerca pero aún incorpóreo. Me fijé en el jardín del vecino para ver si lograba encontrar la fuente de ese ruido, pero de noche no se veía nada.

Cuando desperté la mañana del lunes ya el maullido parecía estar dentro de mi baño. Por un momento dudé y pensé que estaba en mi cabeza, pero en eso entró mi hermana para decirme: “A mi se me hace que una pinche gata se alivió en el patio, porque no dormí en toda la noche con esos maullidos”. Mi mamá acababa de regresar de misa y su reacción fue lo que esperaba: “¡No la chingues! No le vayas a dar de comer porque luego no nos la quitamos de encima”.

Creo que está de más mencionar que a mi mamá no le gustan los gatos. De hecho ni a ella ni a ninguno de mis tíos o tías. Mi tío Iván les tiene pánico. Él no entra en una casa que tenga un gato. Mi mamá, creo, quedó traumada con un gatillo güero con manchas blancas que tuve como a los 5 años y que se cagaba en la canasta de la ropa recién lavada. No le caía muy en gracia que digamos, y misteriosamente “se lo robaron” un día no mucho después de que me lo regalaron.

Así que terminé de vestirme para ir al trabajo y fui al patio para investigar. Con el paso del tiempo hemos acumulado toda especie de cosas extrañas allá atrás: una caminadora estacionaria que mi mamá usó un rato cuando el doctor comenzó a advertirle de su corazón, un congelador enorme que usábamos cuando mi mamá vendía menudo los domingos, una casa de perro toda maltrecha por los 6 años de desuso desde el último perro que tuvimos, cajas y cajas de botellas de refrescos—cuando todavía se usaba vender los refrescos en envases de vidrio—así como varias tablas de diferentes tamaños que quizá son los restos de algunos muebles que hemos tenido.

El maullido seguía sin cuerpo. Al principio pensé que venía de la casa de perro, porque sería el lugar ideal para que una gata diera a luz. Pero al asomarme, no había nada más que telarañas y una bolsa de carbón. Luego parecía venir de detrás de la casa, así que comencé a moverla, pero nada. Una por una comencé a quitar las cosas hasta que vi una bola de pelos gris refugiada debajo de la caminadora, pero para cuando logré quitar los obstáculos ya no estaba. El maullido se había trasladado a algún lugar debajo o detrás del congelador, pero no podía ver nada. Mi mamá finalmente salió para ver lo que yo hacía y le dije: “Es un gatito, chicolillo. Pero no puedo sacarlo para ver si está bien.” Después de un rato de quitar más cosas dijo: “Ya saldrá cuando quiera, déjalo en paz” y se metió de nuevo a la casa. Es sorprendente la cantidad de cosas que inútiles que puedes acumular sin darte cuenta. Yo seguí buscando hasta que finalmente lo encontré, acurrucado entre dos tablas altas. Era la primera mañana del otoño que hacía frío, así que supongo que pasó ahí la noche para refugiarse un poco. Lo agarré del lomo e inmediatamente comenzó a gruñir y a tratar de arañarme, pero en cuanto lo acuné entre mis brazos y mi pecho y comenzó a sentir el calor, dejó de hacerlo y solo me miraba con cara de “¿y tú quien eres güey?”  Lo acaricié un rato para que se calmara.

Entré a la casa y se lo enseñé a mi mamá y a mi hermana. “¡Mira, está bien bebito!” dijeron casi en coro. Y sí, parecía tener apenas unas cuatro o cinco semanas, dado que ya tenía dientes. Para entonces ya era muy tarde y yo tenía que ir al trabajo así que lo encerré en mi baño y le puse algo de leche tibia en un plato chico. “¿Te lo vas a quedar?” me preguntó mi hermana sorprendida. “No sé, pero no podemos aventarlo a la calle. En la tarde veré qué hacer con él.” Ya hacía mucho tiempo que no tenía mascota, desde que me mudé a vivir solo, luego anduve por Nueva York, luego de regreso… no quería tener animales porque nunca estaba en casa y era difícil andar rondando por el mundo cargando con ellos. Además siempre me han gustado más los perros, pero si Diosito me mandó un gato ¿qué debía hacer con él?

Tato

Cuando regresé a la casa lo dejé salir del baño a mi cuarto y estaba emocionadísimo. Se puso a querer jugar conmigo en cuanto me vio. Maldición. Al rato me voy a convertir en una de esas personas que le compran juguetes al mugre gato, le toman video y lo ponen en YouTube.  Ups, demasiado tarde. ¿Ves lo que pasa por estar suscrito a Cute Overload?

jueves 16 de agosto de 2007

El valor real de las cosas

Hace algunos meses, choqué mi auto en la salida de Chihuahua, mientras venía de regreso a Cd. Juárez un domingo en la noche. El percance fue contra una banqueta—larga historia—y aunque yo salí ileso (a excepción, quizá de mi orgullo), el auto quedó inmovible, y tuve que llamar a la compañía de seguros para que enviara un agente que atendiera el daño. El agente de seguros, a su vez, tuvo que pedir una patrulla para que levantaran un reporte del accidente de tránsito y así pedir la grúa, la cual tardó más de una hora y media en llega.

Mientras esperábamos, agarré el cotorreo con tanto el agente de tránsito como con el agente de seguros, y en algún momento la conversación se fue por este rumbo:

Tránsito: “Y lo peor es que no venías ni siquiera pisteando, ¿verdad?”

Yo: “No, casi ni tomo, mucho menos cuando ando manejando en carretera.”

Seguros: “Yo sí me echo uno o dos sixes en el camino.”

Tránsito: “Yo también, digo, así pasa el viajecito más rápido.”

Seguros: “Pues lo bueno es que tu póliza cubre el accidente. Hay mucha gente que ni siquiera trae el de daños a terceros, que dizque porque se les hace muy caro. Pero pos ahorita andan ¿como en qué? ¿120 pesos al mes? ¡Eso es un cartón!”

Ignorando por un segundo que “la autoridá” y que el agente de la compañía de seguros me estaban induciendo a la intoxicación pública— ¿Qué no deberían estar mejor promoviendo el que las personas manejen con más cuidado? —confirmaron una parte de lo que precisamente he sostenido desde hace varios años: los hombres medimos el valor de las cosas con respecto a cervezas y las mujeres con respecto a los zapatos.

¿No me crees? Pregúntale a un hombre que porqué no se compra algo que pueda ser considerado costoso y la respuesta probablemente será: “No compadre, con esa lana me echo unos 3 cartones de Tecates.”

Una mujer contestaría: “¡Ay, no! Con ese dinero mejor me compro unos 2 pares de Nine West.”

¿O no?

miércoles 25 de julio de 2007

Hasta que se acabe el tanque

¿Lo ves? Te dije que no sería por siempre. Solo te llevó qué, ¿cuatro meses? Cuatro meses y ya me superaste. Ah, ya sé que te gustaría pensar que aún estás clavada conmigo, pero, a ver, ¿a quién estamos engañando?

Así que aquí estoy, manejando a 150 kilómetros por hora por una carretera casi desierta y me estás platicando por el celular cómo te besuqueaste con él. Y conscientemente me siento feliz por ti. Es lo que quería para ti. Y en cierta forma es lo que quería para mí. Quería ser libre de tener que cargar con tu felicidad, de soportar tus llamadas casi diarias donde sólo hablábamos banalidades incómodas porque ya no había más que un afecto como de amigos y ya. Libre finalmente, de tus depresiones y de la frustración de no poder ayudarte, de verter todo mi amor en ti y no llenar ese hoyo que llevabas dentro. Y lo único que te digo, cuando me pides mi consejo sobre qué hacer ahora, es que lo busques, que le hagas la lucha y vayas tras tu felicidad. Es en este momento que no sé si estoy siendo increíblemente noble o increíblemente imbécil.

Lo veía venir. Esta semana fui yo el que te habló por teléfono y no me regresaste las llamadas. Pero aún así creo que no quería aceptar que aunque fui yo el que te dejó ir, no era yo el que te había perdido. Hasta hoy. Te dejé ir, pero permanecías ahí, y sabía que tu vida aún giraba alrededor mío. Ahora ya no hay nada que satisfaga mi ego, ya no hay ideas románticas y cursis que me consuelen. Ahora solo queda la realidad. Y para impedir el infarto hago lo único que sé hacer: me sigo moviendo. Me ocupo, hago esto y aquello, cualquier cosa menos quedarme quieto. La vida es movimiento y la quietud es la muerte. Así que ahora hago deportes, regresé al teatro y me desvelo haciendo cosas del trabajo. Me tengo que seguir moviendo, sin importar lo cansado que estoy ya. Manejando a toda velocidad hasta que se acabe el tanque y finalmente quede varado en este camino. A ver entonces qué seguirá.

sábado 10 de febrero de 2007

Sensaciones

Nunca me calificaría a mi mismo como psíquico. No me parezco nada a las médium de las series de televisión, que pueden ver y hablar con los muertos. Ni puedo predecir con certidumbre quién será el próximo ganador del mundial o del Big Brother. Pero de vez en cuando, me pasa algo que me recuerda que hay cosas en esta vida que van más allá de lo que podemos entender y racionalizar.

Quizá es un mal de familia. Recuerdo muy bien algunas de las historias que me contaba mi papá. En una ocasión, cuando él estaba de viaje por trabajo cerca de Tijuana, perdió el control de su auto en la carretera y se volcó, dando una vuelta completa. No le pasó nada ni a él ni al auto, pero cuando regresó a la casa unos días después, mi hermana K, quien era la más allegada a él, lo regañó inmediatamente después de entrar por la puerta:

“Ya te andabas matando, ¿verdad?”

“No hija, ¿por qué lo dices?”

“Te vi en un sueño. Ibas manejando de noche, y se te atravesó otro auto en una curva. Perdiste el control y te volcaste. Hace como tres días, ¿verdad?” Se quedó mudo.

Él mismo había tenido “sensaciones”. De sus hermanas y hermanos, la favorita de mi papá era su hermana la mayor. Cuando ella murió, él vivía en otra ciudad, pero dijo que de alguna forma supo que había sucedido. Llamó inmediatamente a la casa de mi tía y le confirmaron que era verdad y que acababa de ocurrir una o dos horas antes. Así que mi papá era de las pocas personas con las que podía platicar de las cosas que me sucedían.

Desde pequeño yo casi no sueño—o quizá como algunos insisten, no puedo recordar mis sueños. Muy de vez en cuando, sin embargo, logro retener una imagen o dos. Como una polaroid de un momento sin contexto, que no sé qué significa hasta que el momento se acerca. A veces son cinco o seis fotografías, las suficientes para formar el esbozo de una escena de algunos segundos o un minuto. Pueden tardar unas horas, unos meses o incluso dos o tres años en presentarse, pero siempre sé reconocerlas.

“Mira,” le dije en una ocasión a la más incrédula de mis amigas de la prepa, una atea reacia dominada por su extrema inteligencia. “La maestra va a escribir esto y esto en el pizarrón y después de hacerlo se va a voltear y tirar los libros que están sobre el escritorio, uno va a caer al suelo y el otro en la silla, y luego va a decir esto otro.” “Nah. No es cierto.” “Oh, vas a ver.” Uno o dos minutos más tarde: “¡No manches! ¿cómo supiste?”

Ya en plena adolescencia, cuando comencé a actuar y participar en teatro, aprendí a dominar más mi cuerpo y mis sentimientos, y con ello comenzaron a agudizarse las sensaciones. En aquel entonces, yo me consideraba agnóstico. No podía afirmar con certeza que existiera Dios, Zen, Buda, la Fuerza, o como quieran llamarle. Pero al mismo tiempo no podía descartar las cosas que me pasaban. Algo siempre me decía que hay más cosas de las que podemos ver o tocar.

Llegó un momento en el que podía leer lo que otras personas sentían, sin tener siquiera que voltear a verlas. En el teatro es bien sabido que los sentimientos se transmiten, y que si un actor en el escenario siente con suficiente fuerza, el público lo percibe y reacciona. Los distintos sentimientos provocan distintas “vibraciones”—el viejo adagio de la buena vibra y mala vibra son ciertos—y no solo se puede percibir eso, sino que cuando se está en grupo, las vibraciones rebotan y se amplifican, como un sonido atrapado en un cuarto vacío y cerrado. Es la única explicación que podía darle. Llegué al punto en el que podía entrar a un lugar lleno de personas—una fiesta o un restaurante—y de alguna forma saber lo que cada persona en ese cuarto sentía. Conocidos y desconocidos por igual. Quien estaba contento, quien estaba afligido, deprimido o angustiado. Quien estaba bebiendo por querer olvidar un coraje y quien solo necesitaba alguien con quien platicar.

Incluso pude leer a alguien con quien crucé caminos en la calle y supe que intentaba asaltarme antes de que lo hiciera, y gracias a eso, salí librado del encuentro. Una tras otra, me pasaban situaciones extrañas, y poco a poco comencé a descubrir que había personas a mi alrededor que también eran “sensibles”.

La primer novia de la que en verdad me enamoré fue M. Ella y yo nos conocíamos de casi toda la vida, desde que ella tenía 10 años y yo 13. Es la hermana menor de O, uno de mis mejores amigos de mi niñez. V es la hermana de en medio. M, O y V son hijos de O Grande, quien a su vez es de los mejores amigos de mi mamá desde años antes que yo naciera. Pasé cientos de días viviendo en casa de ellos, hasta llegar a ser un primo o sobrino adoptado. Así que quizá era inevitable que años más tarde M y yo termináramos juntos poco después de que ella cumpliera 15.

M y yo siempre hemos tenido una conexión especial. Una vez, me pidió que la alcanzara un sábado en su escuela por que tenían una kermés. Recuerdo estar parado en el umbral de la entrada, y saber exactamente donde estaba ella en ese mar de extraños. Sin jamás haber estado yo ahí, caminé hasta el edificio y salón donde se estaba ella. No hubo titubeo ni error.

Hablar por teléfono era casi chisoso: le marcaba yo y sonaba ocupado. Yo colgaba, e inmediatamente sonaba mi teléfono. Era ella. Nos estábamos hablando al mismo tiempo. Esto se repitió más veces de las que puedo recordar.

Incluso pude presentir nuestra separación. Estábamos en su cuarto platicando, riendo y jugando como lo hacen los novios adolescentes, felices de la vida. De pronto y sin advertencia me solté llorando. Estaba inconsolable. Jamás me había visto ella llorar así. “¿Qué tienes? ¿Qué pasa?” Sentía como si me hubieran dado con un marro en el estómago y no podía hablar. “¿Qué pasa?”, repitió frenética. “No lo sé, pero creo que en unos días tu y yo nos vamos a separar.” “¿Y porqué habríamos de hacerlo?” “No lo sé.”

Una semana después, nos tuvimos que separar.

Así que cegado por dolor y coraje decidí deshacerme de todo aquello que sentía. Maldije a Dios, al universo, la vida o lo que fuera que lo estuviera provocando. ¿Para qué demonios quería yo todas esas sensaciones si no podía cambiar nada? ¡Al carajo!

Y así como así, dejé de sentirlas.

Tuvieron que pasar varios años y otro amor grande para lentamente dejar ir ese rencor. Y de alguna manera en el camino acabé siendo Católico, lo cual a veces me sorprende más a mi que a mis amigos. Pero no creo que nada de lo que había visto hasta entonces me preparó para esa tarde de septiembre en el 2001.

A pesar de todo, M y yo seguíamos en muy buenos términos y nos veíamos de vez en cuando. Ese día quedé en verla en su casa pero llegué un poco temprano y me recibió mi tía—su mamá—que era la única que estaba en casa. “¿Qué pasó mijo? ¿Qué milagro? Cuénteme que ha sido de su vida…”. Mi tía es de esas personas que puede hablar seguido por horas y horas apenas tomando descanso para respirar. Pero también es de las personas que genuinamente les interesa lo que sucede en la vida de otros y los procura aconsejar y ayudar. Yo siempre le atribuyo su afán conversador a los años que se la ha pasado encerrada, de ama de casa y trabajando desde ahí mientras los hijos y el esposo están fuera por la escuela o por trabajo.

No sé cuánto tiempo transcurrió. Poco después del atardecer llegó V, y unos minutos más tarde llegó O Grande. Cosa rara, porque O Grande típicamente llegaba del trabajo después de las ocho o nueve de la noche, pero ese día decidió sin razón particular llegar temprano. También era extraño que V llegara a esa hora porque normalmente estaba haciendo algo con compañeros de la licenciatura, o haciendo sus prácticas para ser abogada. La rareza del momento se volvió placentera, porque aquí estaban cuatro personas que no se habían reunido probablemente en años cenando y platicando como en familia. Y después de un rato la conversación pasó de la mesa del comedor a la sala.

Unos cinco minutos después, se oyó alguien que tocaba frenéticamente la puerta. Era la novia de O. Solo pude discernir: “Viene malo otra vez. Está en el auto”, e inmediatamente O Grande volteó a verme: “Carlos, ¿me ayudas?” Salimos corriendo hacia el auto y en el asiento del pasajero estaba O, estirado y tieso como una tabla. O es alto y delgado de tez blanca. Pero en esa posición parecía haberse alargado un poco más: las piernas juntas y el brazo izquierdo extendido a su costado, como soldado de hojalata. Su mano derecha agarraba con los dedos medio, anular y meñique algo que llevaba colgado de un collar en el pecho. Sus dedos índice y pulgar estaban también estirados, como en forma de L.

Conforme lo cargábamos del auto al cuarto de sus papás recuerdo pensar: “Este no es O”. Pesaba el doble de lo que debía. O era un poco más alto que yo, así que solo pesaba unos 10 kilos arriba de mi peso, y lo que cargábamos en ese momento era mucho más pesado.

Mi tía ordenó a la novia irse a su casa y lo recostamos en la cama. Sus papás nos corrieron a V y a mi del cuarto. “Cierren la puerta”.

V estaba al punto de la histeria. “¿Qué le pasa a mi hermanito, le está dando un ataque o qué?” De alguna forma sabía yo que no era eso, de lo contrario ya estarían hablándole a una ambulancia. Abracé a V para intentar calmarla. “¿Qué está pasando?” me decía.

Se oían algunos gritos saliendo del cuarto. Acerqué la oreja a la puerta de tambor para escuchar mejor, pero aún así solo lograba descifrar algunas frases: “No te lo puedes llevar… no es su tiempo… déjalo ir… ven conmigo” e inmediatamente supe lo que pasaba. “Más vale que sepan lo que están haciendo o estaremos en serios problemas”, pensé.

V comenzaba a llorar. Y en ese momento recuerdo haber pensado muy a mis adentros: “¿Qué debo hacer?” Fue tan interno que ni siquiera llegó a ser oración, pero de alguna forma supe. Tomé a V de la mano y la llevé a la sala. Y viéndola a los ojos le dije: “Vamos a rezar un Rosario, ¿alguna vez lo has hecho?” Dijo no con la cabeza. “Después de la misa, el Rosario es el rito más sagrado que tiene la Iglesia, mientras lo digamos con devoción te prometo que nada malo le pasará a tu familia, ¿de acuerdo?” Asintió sin decir nada. “¿Sabes el Padre Nuestro y el Ave María?” “No.” “Entonces solo repite lo que yo digo y piensa en las palabras que vamos diciendo ¿está bien?”

La senté en uno de los sillones y me hinqué frente a ella, en medio de la sala. Nos persignamos y tomé sus manos con las mías. Hice una invocación rápida a la Virgen y a la Santísima Trinidad y comenzamos. Dispensé de los rezos nimios y me fui derechito a los Padres Nuestros y Aves Marías, después de todo, esto era una emergencia. Al principio la voz de V seguía a la mía como un eco, pero después del segundo o tercer misterio nuestras voces se habían convertido en un coro. En un momento abrí los ojos y noté que ella no solo los tenía cerrados, sino los apretaba cada vez más. Como cuando eres niño y te asusta una película de miedo y solo logras conciliar el sueño en la oscuridad cerrando los ojos fuertemente hasta que desapareces los monstruos de tu mente. Volví a cerrar yo los míos, y cuando el coro comenzó a hacerse claro y fuerte, casi como un mantra, se escuchó un portazo violento.

Del cuarto salió alguien gritando, enojado. Y la voz se parecía a la de mi tía, pero era mucho más gruesa, como la de un hombre. Gritaba repetidamente “¡Cállense! ¡Cállense! ¡Cállense! ¡Dejen de rezar! ¡Dejen de rezar!” Gritaba tan fuerte como podía, pero eso solo hizo que V se aferrara más a mis manos y orara con más volumen. La voz pasó de un lado de la sala al otro, dando vueltas a nuestro alrededor, gritando. Pero solo se acercaba hasta cierto punto. Se podía sentir el calor y el dolor que expedía de su dirección. Para este momento yo también estaba un poco aterrado y no me atrevía a abrir los ojos.

Pero de pronto, comenzó a sentirse otra presencia del lado opuesto de la sala. Una sensación de paz y amor. No era O Grande, porque podía escuchar que él estaba en otro lado de la habitación. La voz se tornó más violenta, más desesperada, como queriendo huir, y luego, en un momento, se colapsó en uno de los sillones de al lado de nosotros, justo antes de terminar el último misterio.

Nos tomó a todos a unos 10 minutos recuperarnos. Estábamos exhaustos y sentados en la sala. O aun estaba en el cuarto, durmiendo. Al parecer esta no era la primer vez que sus papás lidiaban con posesiones, lo cual por alguna extraña razón no me sorprendió. En un aparte, mi tía aprovechó para decirme que qué bueno que M no había estado, porque es la más “sensible” de los tres y probablemente se le hubiera “trepado”. Mi tía explicó que había sido un “muertito”, un señor de edad avanzada que murió de algún infarto o algo repentino después de haber cruzado el puente a El Paso. Los americanos al parecer no lograron localizar a su familia y lo enterraron, pero nadie rezó por él. Fue mi tía la que le dio un medallón de “San Juditas” unos días antes a O para que lo llevara como protección, ya que él pasaba todos los días por el mismo puente a la misma hora y desde algunos días atrás sus papás comenzaron a ver lo que pasaba. “¿Cómo supo mijo, que lo único que necesitaba el muertito era que le rezaran?”

sábado 23 de diciembre de 2006

Por aquello de navidad

No pude evitar mi cara de disgusto y enojo. Y cuando se equivocó por tercera vez sobre qué calle debíamos tomar para llegar al motel, me salió un suspiro de desaprobación. Hasta que dijo: “¿Sabes qué? Mejor olvídalo. No hagamos esto. Mejor llévame a casa.” Se retrajo al lado del copiloto en silencio.

Yo no me atrevía a voltear a verla. Clavé los ojos al frente tratando de no estrellar su auto y de que no se me saliera más de lo inevitable. Finalmente en un semáforo pude oír que estaba llorando. “Es que no comprendo qué hice mal. ¿Qué hice mal?” decía.

“Nada. No hiciste nada malo. Ando de un humor extraño, eso es todo.” Pero sabía muy bien que esa explicación era insuficiente. No explicaba por qué yo, su novio, no estaba ansioso por secuestrarla y hacerle el amor después de meses sin verla.

“Algo está mal. Por favor dime qué es.” El nudo en mi garganta me impedía hablar, así que solo negué con la cabeza. Después de tres días de fingir que todo estaba bien, estaba perdiendo mi personaje. No quería decirle, no quería estropear su navidad. No quería estropear la única semana desde hace un año en que ella estaba en casa con su familia.

Pero cuando estacioné el auto en su cochera y apagué el motor, el silencio eliminó el último escudo que tenía.

“Vas a dejarme, ¿verdad?” Volteé a verla. Ambos sabíamos la respuesta.

En ese momento la vi derrumbarse. Vi cómo le estaba rompiendo el corazón. Se desmoronó como la nieve que cae por una avalancha. Y lo que quedaba de ella comenzó a escurrirse al suelo del auto, arrinconándose como un animal herido en su cueva.

“No quiero… No lo sé. No sé qué hacer—” Estiré mi brazo para agarrar su mano, pero solo se alejó más.

“Por favor, no me dejes. No me dejes. Sin ti no sé qué haría. Eres mi mejor amigo. El único con el que puedo ser quien soy, la persona que más amo, por favor… haré lo que quieras—”

“¡No! No digas eso, por amor de Dios… ven aquí.” Logré que subiera al asiento de nuevo.

“¿Entonces? ¿Por qué ahora? ¿Hay alguien más?” Mentí y dije que no. “¿Entonces? ¡No entiendo! ¿Por qué ahora? Después de que mis papás nos llevaron a cenar… Estúpida navidad, ¡la odio!”

“No, no digas eso. Lo siento. No quería decírtelo ahora.” Por eso había usado la máscara estos días. No quería estropear su temporada favorita. Nunca quise que las cosas pasaran como sucedieron. Fue justo lo que quise evitar. Pero ahora que estaba todo esto en el aire, sentía una extraña sensación: entumecido. Veía sus lágrimas y su dolor, y mi cerebro lo registraba, pero yo estaba inmutable. Quizá no sabía cómo reaccionar, después de todo, nunca había intentado cortar a alguien que me quisiera tanto. Ahora, debí haber parecido cirujano, sin expresión emotiva, sin respuesta visceral, frío.

Ella embarró la espalda contra la puerta, poniendo su mano sobre el pecho. “Bebé, duele… me duele aquí.” Y pensé: “Arderé en el infierno por esto.” Intenté de nuevo acercarla a mi, pero gritó: “¡No me toques! Por favor no me toques… Dime por qué.”

Busqué en mi cerebro las palabras, pero las ideas parecían una masa gelatinosa. Siempre he dependido en mi labia para salir de situaciones difíciles, pero ahora hasta las palabras fallaban. ¿Cómo justificas destrozarle la vida y los sueños a alguien que te ama? ¿Qué argumentos posibles podrían existir para que otra persona lo racionalice? El cerebro no tiene nada que ver en estos asuntos. Traté de recordar las veces que me lo habían hecho a mi, pero lo único que se me venía a la mente era lo inútil que había sido.

Me tomó varios momentos largos. Tragar saliva forzada varias veces. Hasta que finalmente pude decir algo.

“Es que ya no sé si te hago más daño de lo que te ayudo. A veces pienso que te has vuelto tan dependiente de mi—”

“¡Cambiaré, lo prometo!”

“No se trata de eso… no quiero que cambies por mi.”

“Dime entonces ¿qué es lo que necesitas?”

La pregunta me tomó otro momento para meditar. Creo que nunca me había preguntado ella eso.

“Lo que necesito… es que seas feliz contigo misma… independientemente de mi, para que ambos podamos ser felices—” y reaccionó antes de que yo pudiera terminar la frase “—juntos”. Soltó un llanto fuerte de dolor. El cuchillo estaba clavado ahora. Pero el frío despiadado en mi comenzó a derretirse, y tenía que decidir si dar la estocada final o retirar la daga. Nuestro destino dependía ahora de mi, y eso no es algo que debe tomarse a la ligera.

Tuve que seguir hablando para comprar algo de tiempo. “Todo esto es mi culpa... Te enseñé que el amor se da incondicional y libremente. Ahora no estoy tan seguro de que haya sido lo correcto. ¿Recuerdas la última vez que dizque cortamos y te dije que si lo hacías sería la última vez? Ahora no sé si seguimos juntos porque nos amamos o porque no tenemos dignidad.”

Su expresión comenzó a cambiar de dolor a entendimiento. “Sé que me comporto como loca a menudo, pero por favor, perdóname… estoy sola en Nueva York y eso es difícil para mi. Además cuando comenzamos a andar yo solo tenía 18 años—”

“Sí, lo sé.”

“—y muchas de las cosas que hice fue porque no me sentía lo suficientemente buena para ti. Por eso te alejé tantas veces. Hice todo eso porque no creía ser digna de tenerte, no te merecía.”

“¿Y ahora?”

Le tomó más de medio segundo contestar. Pude leer en su rostro que pensó en cuál era la respuesta que yo quería escuchar y cuál era la que en realidad sentía. No importaba. Al decirlo quizá, comenzaría finalmente a creerlo.

“Sí.” Dejó salir un aliento de alivio y ya casi calmada continuó: “Pero no quiero que te quedes conmigo solo porque estoy llorando, o porque te amo. Siempre me diste la libertad de irme y ahora te la quiero dar a ti. Haz lo que creas que es mejor.”

Maldición. Después de dos años y medio, ahora que tengo un pié fuera de la puerta, ella decide madurar. Y parece que pudiera haber alguna esperanza. ¿Lo mejor? ¿Qué es lo mejor? ¿Alguien en realidad podría decírmelo? Todo está de cabeza.

“¿En realidad quieres continuar?” murmuré.

“Sí. Sé que no será fácil, pero si le echamos ganas creo puede funcionar. Le quiero echar ganas...”

“No puedo prometer nada, pero podemos tomarlo un día a la vez. ¿Te parece?”

Sonrió, y de un brinco cruzó el asiento delantero para besarme.