jueves 10 de enero de 2008

Infeliz Navidad

Cómo tres hombres le robaron la Navidad a 134 familias

 

(Fotos de Alex Briseño)

Cuando llegamos a la calle Neptuno #1825, eran poco después de las diez de la mañana y el sol apenas comentaba a calentar. A tres días de Nochebuena, era una de esas mañanas que me hizo estar agradecido de haberme puesto mi abrigo pesado antes de salir de casa.

Había tres o cuatro empleados de la recientemente difunta fábrica AMEX de México haciendo guardia alrededor de una fogata hechiza con pallets. Entre ellos estaba Roberto Romero, un señor de mirada triste, como de unos cincuenta años, de nariz y bigote prominentes. Vestía una chamarra con el logotipo de Honeywell, pantalones de poliéster y tennis grises,  ataviado de una gorra que tenía emblemas de la bandera de México y de los rayados de Monterrey. Por la apariencia, deduje, una de esas personas que ha trabajado ya mucho tiempo en “la maquila” y viste con lo que permite el salario mínimo que les pagan.

Haciendo guardia

Alex y yo nos bajamos de la camioneta y él se presentó a través del cerco de acero.

—Sabe que venimos de una comunidad de programadores, y nos enteramos de su situación por medio del periódico, y pues algunos de nosotros nos reunimos para ver cómo podíamos ayudarlos... así que juntamos algunas despensas de comida y nos gustaría entregárselas. ¿Hay alguno de ustedes que sea el representante?

Los tres asintieron y uno de ellos comenzó a caminar por el estacionamiento hasta perderse detrás de una caseta desde donde se controlaba el acceso al interior de la fábrica.

—Originalmente queríamos juntar una por cada familia, pero no pudimos —continuó—. De todas maneras pensamos que podían servirles, quizá a los más necesitados.

—En verdad se los agradecemos. Nos dejaron sin nada. Sin sueldo, ni aguinaldo, ni ahorro. Nada. Y luego en esta época. Así que se los agradecemos en verdad, de todo corazón —dijo Roberto mientras ponía la mano sobre su pecho.

Pronunciaba las palabras todavía con un nudo en la garganta. Como alguien que había contado su historia varias veces y aún así no podía tragar la tristeza que acompaña al coraje de la injusticia.

Roberto Romero

Habíamos juntado apenas unas 50 despensas.  Lejos de la meta de una para cada uno de los 134 empleados que habían sido embaucados.

Al minuto siguiente salió otro hombre. Moreno, de cara redonda, placentera y abierta. Romeo Acevedo. Dijo ser lo más acercado a un representante de los que estaban, y Alex procedió a contarle de nuevo el porqué habíamos ido. Luego de que Romeo explicó el método por el cual repartirían los alimentos —una lotería, para que no hubiera favoritismos— procedieron a abrir la reja de acceso al estacionamiento. Carlos, el compadre de Alex, condujo la camioneta hasta la caseta mientras él y yo entramos a pie. Oscar, otro amigo que llevaba algunas despensas más, llegó en ese momento y entró también con su auto.

—¿Me deja tomar unas fotos? —preguntó Alex—. Es para comprobarle a los que hicieron los donativos que se los entregamos y no piensen que hubo tranza.

Con la aprobación de los custodios, sacó el tremendo camarón fotográfico, una Cannon EOS Digital Rebel XTi que era su nuevo juguete. Inmediatamente vi un desconcierto en la cara de nuestros anfitriones.

—¿De dónde dijo otra vez que venían? —me cuestionó directamente Romeo, para aclarar, quizá, si no éramos reporteros que se habían quedado dormidos y llegaron tarde a la historia.

—De una comunidad de programadores.

—De aquí puede sacarle buenas fotos al logo de la fábrica —le aconsejó inmediatamente Roberto a Alex, en un movimiento que parecía ensayado de las visitas que seguramente les habían hecho los medios.

Para entonces, más ex-empleados habían salido del interior de la fábrica y unos habían tomado un diablito que estaba cerca de la camioneta para comenzar a descargar las cajas con víveres.

—Alex, ¿que empiecen a bajarlas?

—Sí. Solo quiero tomarle fotos a donde las vayan a guardar.

En un dos por tres comenzó el movimiento, con la eficacia y prisa de un hormiguero. Un joven, como de unos 19 o 20 años y orejeras para el frío se trepó a la caja de la camioneta y comenzó a pasar los bultos para ser apilados en los diablitos. Como solo había dos, únicamente podían llevarse una docena de cajas por viaje, y unas señoras, ex-empleadas también, comenzaron a juntarlas en unas mesas y sillas cerca del área de descarga.

Descargando las despensas

—No traemos prisa ¿eh? De veras —dijo Alex, para tranquilizarlos un poco. Inmediatamente disminuyeron el ritmo.

—Leí que lograron confiscarles algo de la maquinaria cuando intentaban cruzarla a El Paso. ¿Es cierto?

—Sí, agarraron nomás un camión, pero ya habían logrado pasar el resto.

—¿Qué tipo de maquinaria era?

—Máquinas para textiles. Hacíamos cortinas, y algunas cosas para hospitales... y ¿qué más? —preguntó Romeo a sus compañeros.

—Guantes. Para la industria petrolera —le completó Roberto.

—¿Y cómo le hicieron para llevársela sin que se dieran cuenta?

—Nos dijeron que nos íbamos a cambiar de planta, entonces con esa excusa comenzaron a sacarla una o dos semanas antes. Y el viernes pasado nos dejaron salir como a las once de la mañana. Se nos hizo raro, verdad, porque nunca nos habían hecho dejar así nomás lo que estuviéramos haciendo. Pero ya ve, uno a veces por salir temprano del trabajo. Nunca pensamos que se fueran a ir de la noche a la mañana. Y lo malo es que muchos de los que trabajaban aquí eran familias. Hermanos... cuñados... así que ni cómo ayudarnos los unos a los otros. Las monjitas de la Casa del Migrante, que está aquí enfrente, nos consiguieron unos colchones y cobijas, y los de una pastoral nos han estado trayendo algo de comida.

—¿Y el personal administrativo? —preguntó Alex, tratando de averiguar si habían estado involucrados en el engaño.

—Se quedaron igual que nosotros.

—¿Les gustaría pasar a ver cómo quedó por dentro? —nos dijo Roberto ya más en confianza. Para entonces la descarga había casi terminado.  Accedimos y empezamos a caminar hacia el interior.

—Y ¿cuánto tiempo lleva trabajando aquí?

—Once años —contestó Romeo—. Pero hay gente aquí que llevaba hasta catorce.

En el lobby de la entrada, se veía el logotipo de AMEX, obstruido parcialmente por un grande árbol navideño. Era quizá el símbolo más irónico que haya yo visto en toda mi vida. Hacia la izquierda se encontraban las oficinas administrativas, y hacia la derecha la entrada al piso de la planta. Alex se quedó un momento tomando fotos de la oficina de Recursos Humanos, que había sido convertida en la bodega para los alimentos que llevamos. Carlos, Oscar y yo continuamos adelante, siguiendo a Romeo y Roberto, quienes nos llevaron hasta el lugar donde anteriormente pasaban todo el día trabajando.

La entrada a AMEX

Es extraño caminar por el esqueleto de una fábrica. Olía a frío y polvo. El lugar estaba en sombras, excepto por dos o tres tragaluces por donde se colaba la luz de la mañana. El piso de cemento pulido que alguna vez pintaron, quizá por seguridad, estaba completamente rajado, dejando descubrir aquello que intentaban ocultar. Enfrente de la oficina del gerente de materiales, había dos o tres rollos de tela tirados, y unos cuantos pallets con material para empacar: plástico y cajas de cartón.

—Eso fue lo único que dejaron —dijo Romeo.

—¿Y qué hacían las máquinas que tenían? ¿Cómo era cuando estaban aquí? —pregunté yo, queriendo sacudir un poco la morbosidad del momento.

—Pues esta pared estaba llena de rollos colgados. Los tomábamos de aquí y los tendíamos en esas mesas, que son las de corte. De ahí se pasaban a las máquinas de costura que estaban allá y allá —contestó Roberto—. Dejaron las mesas de corte, que no valen nada.

—Y había otras máquinas allá donde le llamábamos “la jaula” —agregó Romeo.

Alex indagó más: —¿Y el edificio, era de los dueños?

—No, es rentado.

—Porque con eso de perdida hubieran podido recuperar algo. Pero canijos, hasta en eso pensaron.

—¿Y no han logrado dar con ellos?

—Pues los primeros días una de las contadoras logró comunicarse en un teléfono de El Paso con el papá del dueño y del gerente de planta, que son hermanos. Y dijo que no sabía nada del asunto pero que iba a averiguar. Pero el gerente de aduanas, que también es gringo y los ayudó ese último día a sacar las máquinas y pasarlas al otro lado, dijo que vio al papá aquí ese día.

—¿O sea que los dueños y los gerentes eran gringos?

—Sí. Y ya sé que no todos los gringos son así, pero estos sí nos dieron en la madre —dijo Romeo, resignado—. El de aduanas también se quedó esperando su cheque.

—Y luego que también llevaban como cuatro años sin pagar nuestras aportaciones a Infonavit, así que muchos de nosotros ahora traemos una deuda bien grande por culpa de ellos —añadió Roberto.

A Alex y a mí se nos escapó una risa nerviosa de “es el colmo”.

—Todavía que no les pagaron la lana que les correspondía por ley, aparte les robaron su ahorro y aportaciones al Infonavit, que era lana de ustedes —exclamamos los dos—. ¿Cómo se llaman?

—El papá, Donald A. Martinez Sr., y los hijos, Donald y Shane Martinez.

—“Shame” Martinez —bromeó Carlos.

—Tuvimos que venir a hacer guardia para que Hacienda no se lleve lo que queda.

—¿Y ustedes pueden trabajar mientras? ¿No tendrían broncas con su caso?

—Pues no nos queda de otra. No tenemos nada. Lo peor es que en otras empresas nos quieren tachar de grilleros.

Mientras más nos platicaban, más evidente era que estas personas habían sido víctimas de una conspiración bien calculada, planeada y ejecutada. Comencé a preguntarme qué clase de personas podían tener una falta de conciencia tan grande para fregar de tan mala manera a 134 familias.

Nuestros anfitriones continuaron con el tour. Nos llevaron al otro extremo del piso, donde a cada paso que dábamos nos hundíamos más en oscuridad. A la derecha de nosotros, en el piso, había una docena o más de pilas con pedazos de tela.

Lo que dejaron

—Todo eso es escrap. Yo creo ni siquiera la basura se lo quería llevar —me explicó Roberto.

—¿Y esa, es la jaula que nos comentó? —pregunté a Romeo, apuntándole hacia a un área divida del resto del piso por medio de una cerca de acero.

—Sí. Ahí es donde hacemos bordados. Hacíamos —se corrigió.

—¿Y qué pasó con las oficinas, dejaron algo? Computadoras, escritorios... ¿algo?

—Los escritorios los dejaron. Pero de hecho tenían cuatro computadoras, una de ellas bien viejita. Se llevaron las tres que servían. ¿Quieren ver?

La puerta de entrada hacia las oficinas, desde el piso de producción, estaba entre las tarjetas para “checar” entrada y el pizarrón de goma de donde estaba colgado el reglamento de la empresa, que no había sido renovado desde noviembre del 2001. Me pregunto si fue desde entonces cuando a los dueños dejaron de importarles las reglas.

Al fondo de la antesala a las oficinas estaba la computadora en cuestión: una IBM PC Series 300 o 700 que se dejó de fabricar hace unos siete u ocho años. Yo llevaba como cinco sin ver una de esas. Completamente obsoleta y sin valor. La antesala tenía dos ventanas grandes de donde entraba el calor de la luz solar.

—¿Y ya consiguieron abogado, o quién les está ayudando con su caso? —preguntó Alex.

—Sí, el abogado que era de aquí de la empresa. Él nos está ayudando.

—¿Y sí es honesto? Porque luego nunca falta el aprovechado.

—Sí. De hecho, los dueños mandaron un tipo que le ofreció primero diez mil dólares para dejar el asunto. Así en los dos o tres días en que él dejaba el caso ellos podían meter otros papeles para zafarse. Cuando le ofreció veinte mil, llevó al tipo a donde estábamos nosotros y le dijo: “A ver, repíteles lo que me acabas de decir.” “No, que le estaba ofreciendo veinte mil dólares para que se los repartieran y se arreglara el caso.” “No, eso no fue lo que me dijiste. Repíteselos. Dijiste que me ofrecías ese dinero a mí.”

—Pues eso habla bien de él. De perdida alguien que les eche la mano.

—Pero él mismo nos dijo que tenemos que esperarnos hasta enero, cuando regresen de vacaciones los tribunales para que haya movimiento en nuestro caso.

—Hasta eso planearon. Canijos—dijimos Alex y yo—. Escogieron el mejor momento para pelarse.

Una vez que agarramos un poco de calor, pasamos a inspeccionar la oficina del gerente de planta. Sin electricidad era fácilmente el lugar más oscuro de toda la fábrica. Tenía un baño privado, una ventana grande y un enorme escritorio, detrás del cual, sentado, se podía ver perfectamente el piso de producción. Bajo las circunstancias era difícil no sentir como si estuviera en la oficina de un capataz. Alex tomó algunas fotos, pero debido al flash no se aprecia lo oscuro de ese lugar.

Cruzando el pasillo, noté que la mesa de una sala de juntas había sido habilitada como cama. En la pared, en lo alto, todavía colgaba uno de esos armazones para sostener televisores. Obviamente también se llevaron el televisor. En la pared adyacente del pasillo, por sí sola, estaba pegada una placa que el DIF había otorgado a la empresa en “Reconocimiento por su valioso y desinteresado apoyo a la comunidad juarense.” ¿En qué momento entonces, se dejaron de preocupar por el bienestar de sus propios empleados?

Uno de los

Reconocimiento

En eso llegó el Ing. Arturo Núñez, que vio curiosamente cómo intentábamos tomarle una fotografía a la placa. Vestía un poco menos humilde que el resto de los ex-empleados, con chamarra y guantes de piel y bufanda alrededor del cuello. Me pareció de esos ingenieros “a la antigua”. De la época cuando ser “ingeniero” era de respeto y que desde entonces nunca habían perdido el estilo. Me recordó un poco a mi papá, que en paz descanse. Él había sido el gerente de ingeniería, o algo así, pero ahora estaba en el mismo bote que el resto.

Alex intentó nuevamente explicar quiénes éramos y por qué estábamos ahí. Era la tercera vez que lo hacía, y con cada ocasión crecía en mi la sensación de lo insignificante que era nuestra aportación.

—Nos cortaron la luz, el agua y el gas, pero tenemos una plantita de gasolina —dijo el ingeniero—. Al rato, yo creo, nos cortan el teléfono, pero por lo pronto todavía lo tenemos. Queremos ver si podemos echar a andar la computadora para meternos a Internet y ver si podemos rastrear a estos tipos. Nos dijeron que el papá está vendiendo su casa de El Paso, por casi un millón de dólares, pero no hay mucho que podamos hacer para detener la venta.

—A ver si los podemos ayudar con eso —replicamos.

El resto de las oficinas, la de contabilidad, ingeniería incluso la enfermería, habían sido convertidas en dormitorios para los que estaban haciendo guardia. Ni siquiera quise imaginarme lo que era dormir en ese lugar, con el frío desértico de Cd. Juárez.

Al final del tour, ya de vuelta en el lobby, oí reír a dos niños, uno como de seis y uno de aproximadamente ocho años.

—¿Son tus chamacos? —pregunté a Romeo.

—No, son de él —indicando a otro de los ex-empleados.

El más grande traía una hoja para colorear con un Santa Clos, y comenzó a correr hacia las oficinas.

—Voy a sacarle una copia para que lo pintemos...

—¡Espérate, no hay luz! —le recordaron rápidamente los adultos. Es envidiable cómo los niños son inmunes a estas cosas.

Procedimos a las formalidades para cerrar el trato: la firma del recibo que indicaba que les habíamos entregado las despensas.

—No vayan a pensar que es por desconfianza —explicó Alex— pero nosotros necesitamos darles cuentas a los que las donaron.

—Claro que sí —dijo el ingeniero mientras firmaba.

—Y de nuevo, de todo corazón, se los agradecemos —completó Roberto.

—Si lo único que lamentamos es que no pudimos hacer más.

—Y pues mucho gusto de haberlos conocido —dijo Alex—. Lástima que haya tenido que ser en estas circunstancias.

Mientras caminábamos de vuelta a la camioneta, un grupo distinto de ex-empleados estaba ahora alrededor de la fogata.

Alrededor de la fogata

—Pues dicen que el humo sigue a las brujas —le decían en broma a una señora que estaba sentada, y quien no le quedó más que soltar una saludable carcajada.

3 comentarios -- da clic aquí para dejar el tuyo:

Carlos, que chido blog, te acabas de ganar una clienta.
Gracias por tu visita, saludos!

febrero 25, 2008 8:49 PM  

Ya reportate canijo.....

marzo 26, 2008 9:04 AM  

jajaja sorry! Tenía el firme propósito de escribir ahora en semana santa, pero en lugar de descansar tuve que chambear todos los días hasta altas horas de la noche, así que apenas me estoy recurperando de mis "vacaciones". Pero tengo como 3 o 4 historias que me ya me da algo por contar :D

marzo 26, 2008 11:55 AM  

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