Mira lo que me encontró
Todo comenzó el sábado en la noche con un maullido misterioso. Se oía a lo lejos, muy leve, como al otro lado de la calle a unas cuatro o cinco casas. Para el domingo en la noche, cuando salí a meter mi auto en la cochera, volví a escucharlo, un poco más cerca pero aún incorpóreo. Me fijé en el jardín del vecino para ver si lograba encontrar la fuente de ese ruido, pero de noche no se veía nada.
Cuando desperté la mañana del lunes ya el maullido parecía estar dentro de mi baño. Por un momento dudé y pensé que estaba en mi cabeza, pero en eso entró mi hermana para decirme: “A mi se me hace que una pinche gata se alivió en el patio, porque no dormí en toda la noche con esos maullidos”. Mi mamá acababa de regresar de misa y su reacción fue lo que esperaba: “¡No la chingues! No le vayas a dar de comer porque luego no nos la quitamos de encima”.
Creo que está de más mencionar que a mi mamá no le gustan los gatos. De hecho ni a ella ni a ninguno de mis tíos o tías. Mi tío Iván les tiene pánico. Él no entra en una casa que tenga un gato. Mi mamá, creo, quedó traumada con un gatillo güero con manchas blancas que tuve como a los 5 años y que se cagaba en la canasta de la ropa recién lavada. No le caía muy en gracia que digamos, y misteriosamente “se lo robaron” un día no mucho después de que me lo regalaron.
Así que terminé de vestirme para ir al trabajo y fui al patio para investigar. Con el paso del tiempo hemos acumulado toda especie de cosas extrañas allá atrás: una caminadora estacionaria que mi mamá usó un rato cuando el doctor comenzó a advertirle de su corazón, un congelador enorme que usábamos cuando mi mamá vendía menudo los domingos, una casa de perro toda maltrecha por los 6 años de desuso desde el último perro que tuvimos, cajas y cajas de botellas de refrescos—cuando todavía se usaba vender los refrescos en envases de vidrio—así como varias tablas de diferentes tamaños que quizá son los restos de algunos muebles que hemos tenido.
El maullido seguía sin cuerpo. Al principio pensé que venía de la casa de perro, porque sería el lugar ideal para que una gata diera a luz. Pero al asomarme, no había nada más que telarañas y una bolsa de carbón. Luego parecía venir de detrás de la casa, así que comencé a moverla, pero nada. Una por una comencé a quitar las cosas hasta que vi una bola de pelos gris refugiada debajo de la caminadora, pero para cuando logré quitar los obstáculos ya no estaba. El maullido se había trasladado a algún lugar debajo o detrás del congelador, pero no podía ver nada. Mi mamá finalmente salió para ver lo que yo hacía y le dije: “Es un gatito, chicolillo. Pero no puedo sacarlo para ver si está bien.” Después de un rato de quitar más cosas dijo: “Ya saldrá cuando quiera, déjalo en paz” y se metió de nuevo a la casa. Es sorprendente la cantidad de cosas que inútiles que puedes acumular sin darte cuenta. Yo seguí buscando hasta que finalmente lo encontré, acurrucado entre dos tablas altas. Era la primera mañana del otoño que hacía frío, así que supongo que pasó ahí la noche para refugiarse un poco. Lo agarré del lomo e inmediatamente comenzó a gruñir y a tratar de arañarme, pero en cuanto lo acuné entre mis brazos y mi pecho y comenzó a sentir el calor, dejó de hacerlo y solo me miraba con cara de “¿y tú quien eres güey?” Lo acaricié un rato para que se calmara.
Entré a la casa y se lo enseñé a mi mamá y a mi hermana. “¡Mira, está bien bebito!” dijeron casi en coro. Y sí, parecía tener apenas unas cuatro o cinco semanas, dado que ya tenía dientes. Para entonces ya era muy tarde y yo tenía que ir al trabajo así que lo encerré en mi baño y le puse algo de leche tibia en un plato chico. “¿Te lo vas a quedar?” me preguntó mi hermana sorprendida. “No sé, pero no podemos aventarlo a la calle. En la tarde veré qué hacer con él.” Ya hacía mucho tiempo que no tenía mascota, desde que me mudé a vivir solo, luego anduve por Nueva York, luego de regreso… no quería tener animales porque nunca estaba en casa y era difícil andar rondando por el mundo cargando con ellos. Además siempre me han gustado más los perros, pero si Diosito me mandó un gato ¿qué debía hacer con él?
Cuando regresé a la casa lo dejé salir del baño a mi cuarto y estaba emocionadísimo. Se puso a querer jugar conmigo en cuanto me vio. Maldición. Al rato me voy a convertir en una de esas personas que le compran juguetes al mugre gato, le toman video y lo ponen en YouTube. Ups, demasiado tarde. ¿Ves lo que pasa por estar suscrito a Cute Overload?
