El valor real de las cosas
Hace algunos meses, choqué mi auto en la salida de Chihuahua, mientras venía de regreso a Cd. Juárez un domingo en la noche. El percance fue contra una banqueta—larga historia—y aunque yo salí ileso (a excepción, quizá de mi orgullo), el auto quedó inmovible, y tuve que llamar a la compañía de seguros para que enviara un agente que atendiera el daño. El agente de seguros, a su vez, tuvo que pedir una patrulla para que levantaran un reporte del accidente de tránsito y así pedir la grúa, la cual tardó más de una hora y media en llega.
Mientras esperábamos, agarré el cotorreo con tanto el agente de tránsito como con el agente de seguros, y en algún momento la conversación se fue por este rumbo:
Tránsito: “Y lo peor es que no venías ni siquiera pisteando, ¿verdad?”
Yo: “No, casi ni tomo, mucho menos cuando ando manejando en carretera.”
Seguros: “Yo sí me echo uno o dos sixes en el camino.”
Tránsito: “Yo también, digo, así pasa el viajecito más rápido.”
Seguros: “Pues lo bueno es que tu póliza cubre el accidente. Hay mucha gente que ni siquiera trae el de daños a terceros, que dizque porque se les hace muy caro. Pero pos ahorita andan ¿como en qué? ¿120 pesos al mes? ¡Eso es un cartón!”
Ignorando por un segundo que “la autoridá” y que el agente de la compañía de seguros me estaban induciendo a la intoxicación pública— ¿Qué no deberían estar mejor promoviendo el que las personas manejen con más cuidado? —confirmaron una parte de lo que precisamente he sostenido desde hace varios años: los hombres medimos el valor de las cosas con respecto a cervezas y las mujeres con respecto a los zapatos.
¿No me crees? Pregúntale a un hombre que porqué no se compra algo que pueda ser considerado costoso y la respuesta probablemente será: “No compadre, con esa lana me echo unos 3 cartones de Tecates.”
Una mujer contestaría: “¡Ay, no! Con ese dinero mejor me compro unos 2 pares de Nine West.”
¿O no?