sábado 10 de febrero de 2007

Sensaciones

Nunca me calificaría a mi mismo como psíquico. No me parezco nada a las médium de las series de televisión, que pueden ver y hablar con los muertos. Ni puedo predecir con certidumbre quién será el próximo ganador del mundial o del Big Brother. Pero de vez en cuando, me pasa algo que me recuerda que hay cosas en esta vida que van más allá de lo que podemos entender y racionalizar.

Quizá es un mal de familia. Recuerdo muy bien algunas de las historias que me contaba mi papá. En una ocasión, cuando él estaba de viaje por trabajo cerca de Tijuana, perdió el control de su auto en la carretera y se volcó, dando una vuelta completa. No le pasó nada ni a él ni al auto, pero cuando regresó a la casa unos días después, mi hermana K, quien era la más allegada a él, lo regañó inmediatamente después de entrar por la puerta:

“Ya te andabas matando, ¿verdad?”

“No hija, ¿por qué lo dices?”

“Te vi en un sueño. Ibas manejando de noche, y se te atravesó otro auto en una curva. Perdiste el control y te volcaste. Hace como tres días, ¿verdad?” Se quedó mudo.

Él mismo había tenido “sensaciones”. De sus hermanas y hermanos, la favorita de mi papá era su hermana la mayor. Cuando ella murió, él vivía en otra ciudad, pero dijo que de alguna forma supo que había sucedido. Llamó inmediatamente a la casa de mi tía y le confirmaron que era verdad y que acababa de ocurrir una o dos horas antes. Así que mi papá era de las pocas personas con las que podía platicar de las cosas que me sucedían.

Desde pequeño yo casi no sueño—o quizá como algunos insisten, no puedo recordar mis sueños. Muy de vez en cuando, sin embargo, logro retener una imagen o dos. Como una polaroid de un momento sin contexto, que no sé qué significa hasta que el momento se acerca. A veces son cinco o seis fotografías, las suficientes para formar el esbozo de una escena de algunos segundos o un minuto. Pueden tardar unas horas, unos meses o incluso dos o tres años en presentarse, pero siempre sé reconocerlas.

“Mira,” le dije en una ocasión a la más incrédula de mis amigas de la prepa, una atea reacia dominada por su extrema inteligencia. “La maestra va a escribir esto y esto en el pizarrón y después de hacerlo se va a voltear y tirar los libros que están sobre el escritorio, uno va a caer al suelo y el otro en la silla, y luego va a decir esto otro.” “Nah. No es cierto.” “Oh, vas a ver.” Uno o dos minutos más tarde: “¡No manches! ¿cómo supiste?”

Ya en plena adolescencia, cuando comencé a actuar y participar en teatro, aprendí a dominar más mi cuerpo y mis sentimientos, y con ello comenzaron a agudizarse las sensaciones. En aquel entonces, yo me consideraba agnóstico. No podía afirmar con certeza que existiera Dios, Zen, Buda, la Fuerza, o como quieran llamarle. Pero al mismo tiempo no podía descartar las cosas que me pasaban. Algo siempre me decía que hay más cosas de las que podemos ver o tocar.

Llegó un momento en el que podía leer lo que otras personas sentían, sin tener siquiera que voltear a verlas. En el teatro es bien sabido que los sentimientos se transmiten, y que si un actor en el escenario siente con suficiente fuerza, el público lo percibe y reacciona. Los distintos sentimientos provocan distintas “vibraciones”—el viejo adagio de la buena vibra y mala vibra son ciertos—y no solo se puede percibir eso, sino que cuando se está en grupo, las vibraciones rebotan y se amplifican, como un sonido atrapado en un cuarto vacío y cerrado. Es la única explicación que podía darle. Llegué al punto en el que podía entrar a un lugar lleno de personas—una fiesta o un restaurante—y de alguna forma saber lo que cada persona en ese cuarto sentía. Conocidos y desconocidos por igual. Quien estaba contento, quien estaba afligido, deprimido o angustiado. Quien estaba bebiendo por querer olvidar un coraje y quien solo necesitaba alguien con quien platicar.

Incluso pude leer a alguien con quien crucé caminos en la calle y supe que intentaba asaltarme antes de que lo hiciera, y gracias a eso, salí librado del encuentro. Una tras otra, me pasaban situaciones extrañas, y poco a poco comencé a descubrir que había personas a mi alrededor que también eran “sensibles”.

La primer novia de la que en verdad me enamoré fue M. Ella y yo nos conocíamos de casi toda la vida, desde que ella tenía 10 años y yo 13. Es la hermana menor de O, uno de mis mejores amigos de mi niñez. V es la hermana de en medio. M, O y V son hijos de O Grande, quien a su vez es de los mejores amigos de mi mamá desde años antes que yo naciera. Pasé cientos de días viviendo en casa de ellos, hasta llegar a ser un primo o sobrino adoptado. Así que quizá era inevitable que años más tarde M y yo termináramos juntos poco después de que ella cumpliera 15.

M y yo siempre hemos tenido una conexión especial. Una vez, me pidió que la alcanzara un sábado en su escuela por que tenían una kermés. Recuerdo estar parado en el umbral de la entrada, y saber exactamente donde estaba ella en ese mar de extraños. Sin jamás haber estado yo ahí, caminé hasta el edificio y salón donde se estaba ella. No hubo titubeo ni error.

Hablar por teléfono era casi chisoso: le marcaba yo y sonaba ocupado. Yo colgaba, e inmediatamente sonaba mi teléfono. Era ella. Nos estábamos hablando al mismo tiempo. Esto se repitió más veces de las que puedo recordar.

Incluso pude presentir nuestra separación. Estábamos en su cuarto platicando, riendo y jugando como lo hacen los novios adolescentes, felices de la vida. De pronto y sin advertencia me solté llorando. Estaba inconsolable. Jamás me había visto ella llorar así. “¿Qué tienes? ¿Qué pasa?” Sentía como si me hubieran dado con un marro en el estómago y no podía hablar. “¿Qué pasa?”, repitió frenética. “No lo sé, pero creo que en unos días tu y yo nos vamos a separar.” “¿Y porqué habríamos de hacerlo?” “No lo sé.”

Una semana después, nos tuvimos que separar.

Así que cegado por dolor y coraje decidí deshacerme de todo aquello que sentía. Maldije a Dios, al universo, la vida o lo que fuera que lo estuviera provocando. ¿Para qué demonios quería yo todas esas sensaciones si no podía cambiar nada? ¡Al carajo!

Y así como así, dejé de sentirlas.

Tuvieron que pasar varios años y otro amor grande para lentamente dejar ir ese rencor. Y de alguna manera en el camino acabé siendo Católico, lo cual a veces me sorprende más a mi que a mis amigos. Pero no creo que nada de lo que había visto hasta entonces me preparó para esa tarde de septiembre en el 2001.

A pesar de todo, M y yo seguíamos en muy buenos términos y nos veíamos de vez en cuando. Ese día quedé en verla en su casa pero llegué un poco temprano y me recibió mi tía—su mamá—que era la única que estaba en casa. “¿Qué pasó mijo? ¿Qué milagro? Cuénteme que ha sido de su vida…”. Mi tía es de esas personas que puede hablar seguido por horas y horas apenas tomando descanso para respirar. Pero también es de las personas que genuinamente les interesa lo que sucede en la vida de otros y los procura aconsejar y ayudar. Yo siempre le atribuyo su afán conversador a los años que se la ha pasado encerrada, de ama de casa y trabajando desde ahí mientras los hijos y el esposo están fuera por la escuela o por trabajo.

No sé cuánto tiempo transcurrió. Poco después del atardecer llegó V, y unos minutos más tarde llegó O Grande. Cosa rara, porque O Grande típicamente llegaba del trabajo después de las ocho o nueve de la noche, pero ese día decidió sin razón particular llegar temprano. También era extraño que V llegara a esa hora porque normalmente estaba haciendo algo con compañeros de la licenciatura, o haciendo sus prácticas para ser abogada. La rareza del momento se volvió placentera, porque aquí estaban cuatro personas que no se habían reunido probablemente en años cenando y platicando como en familia. Y después de un rato la conversación pasó de la mesa del comedor a la sala.

Unos cinco minutos después, se oyó alguien que tocaba frenéticamente la puerta. Era la novia de O. Solo pude discernir: “Viene malo otra vez. Está en el auto”, e inmediatamente O Grande volteó a verme: “Carlos, ¿me ayudas?” Salimos corriendo hacia el auto y en el asiento del pasajero estaba O, estirado y tieso como una tabla. O es alto y delgado de tez blanca. Pero en esa posición parecía haberse alargado un poco más: las piernas juntas y el brazo izquierdo extendido a su costado, como soldado de hojalata. Su mano derecha agarraba con los dedos medio, anular y meñique algo que llevaba colgado de un collar en el pecho. Sus dedos índice y pulgar estaban también estirados, como en forma de L.

Conforme lo cargábamos del auto al cuarto de sus papás recuerdo pensar: “Este no es O”. Pesaba el doble de lo que debía. O era un poco más alto que yo, así que solo pesaba unos 10 kilos arriba de mi peso, y lo que cargábamos en ese momento era mucho más pesado.

Mi tía ordenó a la novia irse a su casa y lo recostamos en la cama. Sus papás nos corrieron a V y a mi del cuarto. “Cierren la puerta”.

V estaba al punto de la histeria. “¿Qué le pasa a mi hermanito, le está dando un ataque o qué?” De alguna forma sabía yo que no era eso, de lo contrario ya estarían hablándole a una ambulancia. Abracé a V para intentar calmarla. “¿Qué está pasando?” me decía.

Se oían algunos gritos saliendo del cuarto. Acerqué la oreja a la puerta de tambor para escuchar mejor, pero aún así solo lograba descifrar algunas frases: “No te lo puedes llevar… no es su tiempo… déjalo ir… ven conmigo” e inmediatamente supe lo que pasaba. “Más vale que sepan lo que están haciendo o estaremos en serios problemas”, pensé.

V comenzaba a llorar. Y en ese momento recuerdo haber pensado muy a mis adentros: “¿Qué debo hacer?” Fue tan interno que ni siquiera llegó a ser oración, pero de alguna forma supe. Tomé a V de la mano y la llevé a la sala. Y viéndola a los ojos le dije: “Vamos a rezar un Rosario, ¿alguna vez lo has hecho?” Dijo no con la cabeza. “Después de la misa, el Rosario es el rito más sagrado que tiene la Iglesia, mientras lo digamos con devoción te prometo que nada malo le pasará a tu familia, ¿de acuerdo?” Asintió sin decir nada. “¿Sabes el Padre Nuestro y el Ave María?” “No.” “Entonces solo repite lo que yo digo y piensa en las palabras que vamos diciendo ¿está bien?”

La senté en uno de los sillones y me hinqué frente a ella, en medio de la sala. Nos persignamos y tomé sus manos con las mías. Hice una invocación rápida a la Virgen y a la Santísima Trinidad y comenzamos. Dispensé de los rezos nimios y me fui derechito a los Padres Nuestros y Aves Marías, después de todo, esto era una emergencia. Al principio la voz de V seguía a la mía como un eco, pero después del segundo o tercer misterio nuestras voces se habían convertido en un coro. En un momento abrí los ojos y noté que ella no solo los tenía cerrados, sino los apretaba cada vez más. Como cuando eres niño y te asusta una película de miedo y solo logras conciliar el sueño en la oscuridad cerrando los ojos fuertemente hasta que desapareces los monstruos de tu mente. Volví a cerrar yo los míos, y cuando el coro comenzó a hacerse claro y fuerte, casi como un mantra, se escuchó un portazo violento.

Del cuarto salió alguien gritando, enojado. Y la voz se parecía a la de mi tía, pero era mucho más gruesa, como la de un hombre. Gritaba repetidamente “¡Cállense! ¡Cállense! ¡Cállense! ¡Dejen de rezar! ¡Dejen de rezar!” Gritaba tan fuerte como podía, pero eso solo hizo que V se aferrara más a mis manos y orara con más volumen. La voz pasó de un lado de la sala al otro, dando vueltas a nuestro alrededor, gritando. Pero solo se acercaba hasta cierto punto. Se podía sentir el calor y el dolor que expedía de su dirección. Para este momento yo también estaba un poco aterrado y no me atrevía a abrir los ojos.

Pero de pronto, comenzó a sentirse otra presencia del lado opuesto de la sala. Una sensación de paz y amor. No era O Grande, porque podía escuchar que él estaba en otro lado de la habitación. La voz se tornó más violenta, más desesperada, como queriendo huir, y luego, en un momento, se colapsó en uno de los sillones de al lado de nosotros, justo antes de terminar el último misterio.

Nos tomó a todos a unos 10 minutos recuperarnos. Estábamos exhaustos y sentados en la sala. O aun estaba en el cuarto, durmiendo. Al parecer esta no era la primer vez que sus papás lidiaban con posesiones, lo cual por alguna extraña razón no me sorprendió. En un aparte, mi tía aprovechó para decirme que qué bueno que M no había estado, porque es la más “sensible” de los tres y probablemente se le hubiera “trepado”. Mi tía explicó que había sido un “muertito”, un señor de edad avanzada que murió de algún infarto o algo repentino después de haber cruzado el puente a El Paso. Los americanos al parecer no lograron localizar a su familia y lo enterraron, pero nadie rezó por él. Fue mi tía la que le dio un medallón de “San Juditas” unos días antes a O para que lo llevara como protección, ya que él pasaba todos los días por el mismo puente a la misma hora y desde algunos días atrás sus papás comenzaron a ver lo que pasaba. “¿Cómo supo mijo, que lo único que necesitaba el muertito era que le rezaran?”

2 comentarios -- da clic aquí para dejar el tuyo:

Wow!!!
Si te creo... lo que nunca me imagine fue tu catolicismo... yo sigo considerandome agnostico...
Pero de lo que tambien estoy seguro, es de que alla fuera hay cosas, que no conocemos... y que no los conozcamos no significa que no esten...

Eso si, los tipos como El cazafantasmas/narco de Carlos Trejo, me cagan... esos gueyes solo se aprovechan de la ignorancia de la gente..

febrero 10, 2007 6:04 PM  

Wow, me he quedado anonadado, pero te creo, eres un tipo serio, que no se anda con chi... y ademas, como dice el Pelos, se que no somos los unicos entes por ahi, el alma, tu energia no se acaba con la muerte, no puede, no debe... pero no sabria como llamarle. Creo que tienes un don, que hay que saber darle direccion, pero de que ya lo estas usando para ayudar, ya lo estas haciendo.
Oye, un gustazo haberte saludado el otro dia en el restaurant, espero que todo vaya bien, Por aqui seguimos vicentiandonos.

marzo 05, 2007 12:23 PM  

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