sábado 23 de diciembre de 2006

Por aquello de navidad

No pude evitar mi cara de disgusto y enojo. Y cuando se equivocó por tercera vez sobre qué calle debíamos tomar para llegar al motel, me salió un suspiro de desaprobación. Hasta que dijo: “¿Sabes qué? Mejor olvídalo. No hagamos esto. Mejor llévame a casa.” Se retrajo al lado del copiloto en silencio.

Yo no me atrevía a voltear a verla. Clavé los ojos al frente tratando de no estrellar su auto y de que no se me saliera más de lo inevitable. Finalmente en un semáforo pude oír que estaba llorando. “Es que no comprendo qué hice mal. ¿Qué hice mal?” decía.

“Nada. No hiciste nada malo. Ando de un humor extraño, eso es todo.” Pero sabía muy bien que esa explicación era insuficiente. No explicaba por qué yo, su novio, no estaba ansioso por secuestrarla y hacerle el amor después de meses sin verla.

“Algo está mal. Por favor dime qué es.” El nudo en mi garganta me impedía hablar, así que solo negué con la cabeza. Después de tres días de fingir que todo estaba bien, estaba perdiendo mi personaje. No quería decirle, no quería estropear su navidad. No quería estropear la única semana desde hace un año en que ella estaba en casa con su familia.

Pero cuando estacioné el auto en su cochera y apagué el motor, el silencio eliminó el último escudo que tenía.

“Vas a dejarme, ¿verdad?” Volteé a verla. Ambos sabíamos la respuesta.

En ese momento la vi derrumbarse. Vi cómo le estaba rompiendo el corazón. Se desmoronó como la nieve que cae por una avalancha. Y lo que quedaba de ella comenzó a escurrirse al suelo del auto, arrinconándose como un animal herido en su cueva.

“No quiero… No lo sé. No sé qué hacer—” Estiré mi brazo para agarrar su mano, pero solo se alejó más.

“Por favor, no me dejes. No me dejes. Sin ti no sé qué haría. Eres mi mejor amigo. El único con el que puedo ser quien soy, la persona que más amo, por favor… haré lo que quieras—”

“¡No! No digas eso, por amor de Dios… ven aquí.” Logré que subiera al asiento de nuevo.

“¿Entonces? ¿Por qué ahora? ¿Hay alguien más?” Mentí y dije que no. “¿Entonces? ¡No entiendo! ¿Por qué ahora? Después de que mis papás nos llevaron a cenar… Estúpida navidad, ¡la odio!”

“No, no digas eso. Lo siento. No quería decírtelo ahora.” Por eso había usado la máscara estos días. No quería estropear su temporada favorita. Nunca quise que las cosas pasaran como sucedieron. Fue justo lo que quise evitar. Pero ahora que estaba todo esto en el aire, sentía una extraña sensación: entumecido. Veía sus lágrimas y su dolor, y mi cerebro lo registraba, pero yo estaba inmutable. Quizá no sabía cómo reaccionar, después de todo, nunca había intentado cortar a alguien que me quisiera tanto. Ahora, debí haber parecido cirujano, sin expresión emotiva, sin respuesta visceral, frío.

Ella embarró la espalda contra la puerta, poniendo su mano sobre el pecho. “Bebé, duele… me duele aquí.” Y pensé: “Arderé en el infierno por esto.” Intenté de nuevo acercarla a mi, pero gritó: “¡No me toques! Por favor no me toques… Dime por qué.”

Busqué en mi cerebro las palabras, pero las ideas parecían una masa gelatinosa. Siempre he dependido en mi labia para salir de situaciones difíciles, pero ahora hasta las palabras fallaban. ¿Cómo justificas destrozarle la vida y los sueños a alguien que te ama? ¿Qué argumentos posibles podrían existir para que otra persona lo racionalice? El cerebro no tiene nada que ver en estos asuntos. Traté de recordar las veces que me lo habían hecho a mi, pero lo único que se me venía a la mente era lo inútil que había sido.

Me tomó varios momentos largos. Tragar saliva forzada varias veces. Hasta que finalmente pude decir algo.

“Es que ya no sé si te hago más daño de lo que te ayudo. A veces pienso que te has vuelto tan dependiente de mi—”

“¡Cambiaré, lo prometo!”

“No se trata de eso… no quiero que cambies por mi.”

“Dime entonces ¿qué es lo que necesitas?”

La pregunta me tomó otro momento para meditar. Creo que nunca me había preguntado ella eso.

“Lo que necesito… es que seas feliz contigo misma… independientemente de mi, para que ambos podamos ser felices—” y reaccionó antes de que yo pudiera terminar la frase “—juntos”. Soltó un llanto fuerte de dolor. El cuchillo estaba clavado ahora. Pero el frío despiadado en mi comenzó a derretirse, y tenía que decidir si dar la estocada final o retirar la daga. Nuestro destino dependía ahora de mi, y eso no es algo que debe tomarse a la ligera.

Tuve que seguir hablando para comprar algo de tiempo. “Todo esto es mi culpa... Te enseñé que el amor se da incondicional y libremente. Ahora no estoy tan seguro de que haya sido lo correcto. ¿Recuerdas la última vez que dizque cortamos y te dije que si lo hacías sería la última vez? Ahora no sé si seguimos juntos porque nos amamos o porque no tenemos dignidad.”

Su expresión comenzó a cambiar de dolor a entendimiento. “Sé que me comporto como loca a menudo, pero por favor, perdóname… estoy sola en Nueva York y eso es difícil para mi. Además cuando comenzamos a andar yo solo tenía 18 años—”

“Sí, lo sé.”

“—y muchas de las cosas que hice fue porque no me sentía lo suficientemente buena para ti. Por eso te alejé tantas veces. Hice todo eso porque no creía ser digna de tenerte, no te merecía.”

“¿Y ahora?”

Le tomó más de medio segundo contestar. Pude leer en su rostro que pensó en cuál era la respuesta que yo quería escuchar y cuál era la que en realidad sentía. No importaba. Al decirlo quizá, comenzaría finalmente a creerlo.

“Sí.” Dejó salir un aliento de alivio y ya casi calmada continuó: “Pero no quiero que te quedes conmigo solo porque estoy llorando, o porque te amo. Siempre me diste la libertad de irme y ahora te la quiero dar a ti. Haz lo que creas que es mejor.”

Maldición. Después de dos años y medio, ahora que tengo un pié fuera de la puerta, ella decide madurar. Y parece que pudiera haber alguna esperanza. ¿Lo mejor? ¿Qué es lo mejor? ¿Alguien en realidad podría decírmelo? Todo está de cabeza.

“¿En realidad quieres continuar?” murmuré.

“Sí. Sé que no será fácil, pero si le echamos ganas creo puede funcionar. Le quiero echar ganas...”

“No puedo prometer nada, pero podemos tomarlo un día a la vez. ¿Te parece?”

Sonrió, y de un brinco cruzó el asiento delantero para besarme.

viernes 22 de diciembre de 2006

A Beginning

He stood nervously outside the door, wishing he knew how to smoke and pretend like everything was OK. He searched and scratched his brain looking for an excuse not to get into his car and just stay there, without looking too much like an idiot ‘til she came out. Seconds passed like hot gulps of coffee, scalding, slow and hard to swallow. Finally, he felt the air on the back of his neck change direction, and before he was able to blink she stood by his side.

“So”, he mumbled almost panicky, reaching for another excuse to keep her near, “you wanna get something to eat?” “Sure. There’s a Village Inn down Mesa Street, do you want to follow me?” “Yeah.” And he did. It would be only the first time.

He rushed into his ’94 Honda Accord which had been leaking coolant coming over the border earlier in the day and begged the car gods to have it hold on for just a little more, just enough to follow her grey Buick up and down that grey hill.

They went in and quickly installed themselves in one of the booths, on the same seat, facing north. She at the left side, and he at the right. A very polite waitress quickly supplied them with coffee and left some menus for them to look over. She wasn’t hungry and he wasn’t sure what he wanted to eat. “Maybe just her for desert” he thought. They started with small talk and soon moved to more interesting conversation: what each other’s family was like, the death of his father, her lack of brothers and sisters, his excess of them, what their fears were and what sort of things life had taught them.

At one point, she tucked her right leg under her butt and turned enough to face him directly. He had to turn away every now and again, not bearing the pressure of those greenish-blue eyes at point-blank range. The waitress came back to take their order and discovered he hadn’t even glanced at the menu. He was still too busy trying to control the memory of her long, luscious neck. He had teased her earlier with a pink ribbon that dangled from her pink, strapped blouse, caressing the back of her neck with it, knowing full well it would make some of the moles on her back stand up in attention. He just couldn’t help himself after she kissed him, days before, when rehearsal for “Lion In Winter” was over and no one was looking. He sat there, fighting an almost magnetic need to be close to her.

The waitress came back for a third time, and being somewhat embarrassed for still not having looked at the menu, he ordered the first thing that looked tasty: “Pancakes with bananas and strawberries, please”, thinking something sweet so not to spoil the sweetness. And then, out of the blue, she took his hand with her own, and he knew that all was lost. He caressed and grabbed her arm as if it were a beautiful lifeline that was preventing him from slipping. For the next couple of hours—or days, or years since time was sort of blurry—they talked away, learning each other’s shape with their hands. They cared little that the food got cold and the coffee seemed to disappear. He didn’t care she was 8 years younger and she seemed to forgive the fact that he was “more experienced”. They even managed to forget for a moment that in less than one month she would be moving away to New York to be a real bona-fide actress. At that moment, only the possibilities existed, only happiness ahead.

Inevitably, midnight came upon, and like that Cinderella story, they would have to part ways. So he walked her to her metallic carriage and hugged her like a castaway clinging to his lifeboat. Finally, he gave her the sweetest kiss he could find. He sensed that day what would take her 2,500 miles to find out: love like this doesn’t come along every day.

(26/Dec/2004)

lunes 11 de diciembre de 2006

Medianoche en un mundo imperfecto

¿Por qué la medianoche siempre te trae conmigo?
Como un murmullo fulminante,
un zumbido que me aturde y me acompaña.

A veces invoco los poderes de la oscura noche
para que con su manto cubran los destellos que brotan de tu risa,
y me encuentro, en vano, apretando los ojos,
como queriendo no ver la distancia,
como queriendo que sintieras lo que yo ahora,
como aferrándome a no despertar.
Ya no sé ¿acaso estás tu aquí o estoy yo allá?

Perdóname si no puedo evitar esta felicidad
que nace cuando tengo el recuerdo de tu espalda entre mis manos,
que pinta esta sonrisa de baboso en mi cara.

¿Quién más podría rescatarme de este delirio,
sino tú bajo la luna llena?
Como cuando juegas a derribar las estrellas,
y esas dos se te escaparon
para alcanzarme enmedio de ese mar de extraños.
¡Ay niña! ¿Qué haré contigo?


(escrito en 2004)

Esta noche

Esta noche
soy trueno, mar y viento,
el que que desterrado a la luna
se ha tornado violento.

Esta noche
en que las estrellas me perforan,
soy un grito
que destella sin cesar,
soy el puño
detrás de la espada
y el beso negado
a punto de explotar.

Y cuando el sol salga
me hundiré con las sombras
bajo la tierra
a donde los muertos van.

Me iré en silencio,
sin tristeza ni mal,
me iré sin sangre
ni amor, tal cual.

Pero esta noche
cubriré el espacio con mi frío,
callaré las bestias,
las sonrisas
y cada indicio de paz.

Esta noche
no habrá sueños
ni descanso,
ni tranquilidad.

Porque esta noche
te dejaré ir.

febrero 2007 | agosto 2006 | Página principal