Por aquello de navidad
No pude evitar mi cara de disgusto y enojo. Y cuando se equivocó por tercera vez sobre qué calle debíamos tomar para llegar al motel, me salió un suspiro de desaprobación. Hasta que dijo: “¿Sabes qué? Mejor olvídalo. No hagamos esto. Mejor llévame a casa.” Se retrajo al lado del copiloto en silencio.
Yo no me atrevía a voltear a verla. Clavé los ojos al frente tratando de no estrellar su auto y de que no se me saliera más de lo inevitable. Finalmente en un semáforo pude oír que estaba llorando. “Es que no comprendo qué hice mal. ¿Qué hice mal?” decía.
“Nada. No hiciste nada malo. Ando de un humor extraño, eso es todo.” Pero sabía muy bien que esa explicación era insuficiente. No explicaba por qué yo, su novio, no estaba ansioso por secuestrarla y hacerle el amor después de meses sin verla.
“Algo está mal. Por favor dime qué es.” El nudo en mi garganta me impedía hablar, así que solo negué con la cabeza. Después de tres días de fingir que todo estaba bien, estaba perdiendo mi personaje. No quería decirle, no quería estropear su navidad. No quería estropear la única semana desde hace un año en que ella estaba en casa con su familia.
Pero cuando estacioné el auto en su cochera y apagué el motor, el silencio eliminó el último escudo que tenía.
“Vas a dejarme, ¿verdad?” Volteé a verla. Ambos sabíamos la respuesta.
En ese momento la vi derrumbarse. Vi cómo le estaba rompiendo el corazón. Se desmoronó como la nieve que cae por una avalancha. Y lo que quedaba de ella comenzó a escurrirse al suelo del auto, arrinconándose como un animal herido en su cueva.
“No quiero… No lo sé. No sé qué hacer—” Estiré mi brazo para agarrar su mano, pero solo se alejó más.
“Por favor, no me dejes. No me dejes. Sin ti no sé qué haría. Eres mi mejor amigo. El único con el que puedo ser quien soy, la persona que más amo, por favor… haré lo que quieras—”
“¡No! No digas eso, por amor de Dios… ven aquí.” Logré que subiera al asiento de nuevo.
“¿Entonces? ¿Por qué ahora? ¿Hay alguien más?” Mentí y dije que no. “¿Entonces? ¡No entiendo! ¿Por qué ahora? Después de que mis papás nos llevaron a cenar… Estúpida navidad, ¡la odio!”
“No, no digas eso. Lo siento. No quería decírtelo ahora.” Por eso había usado la máscara estos días. No quería estropear su temporada favorita. Nunca quise que las cosas pasaran como sucedieron. Fue justo lo que quise evitar. Pero ahora que estaba todo esto en el aire, sentía una extraña sensación: entumecido. Veía sus lágrimas y su dolor, y mi cerebro lo registraba, pero yo estaba inmutable. Quizá no sabía cómo reaccionar, después de todo, nunca había intentado cortar a alguien que me quisiera tanto. Ahora, debí haber parecido cirujano, sin expresión emotiva, sin respuesta visceral, frío.
Ella embarró la espalda contra la puerta, poniendo su mano sobre el pecho. “Bebé, duele… me duele aquí.” Y pensé: “Arderé en el infierno por esto.” Intenté de nuevo acercarla a mi, pero gritó: “¡No me toques! Por favor no me toques… Dime por qué.”
Busqué en mi cerebro las palabras, pero las ideas parecían una masa gelatinosa. Siempre he dependido en mi labia para salir de situaciones difíciles, pero ahora hasta las palabras fallaban. ¿Cómo justificas destrozarle la vida y los sueños a alguien que te ama? ¿Qué argumentos posibles podrían existir para que otra persona lo racionalice? El cerebro no tiene nada que ver en estos asuntos. Traté de recordar las veces que me lo habían hecho a mi, pero lo único que se me venía a la mente era lo inútil que había sido.
Me tomó varios momentos largos. Tragar saliva forzada varias veces. Hasta que finalmente pude decir algo.
“Es que ya no sé si te hago más daño de lo que te ayudo. A veces pienso que te has vuelto tan dependiente de mi—”
“¡Cambiaré, lo prometo!”
“No se trata de eso… no quiero que cambies por mi.”
“Dime entonces ¿qué es lo que necesitas?”
La pregunta me tomó otro momento para meditar. Creo que nunca me había preguntado ella eso.
“Lo que necesito… es que seas feliz contigo misma… independientemente de mi, para que ambos podamos ser felices—” y reaccionó antes de que yo pudiera terminar la frase “—juntos”. Soltó un llanto fuerte de dolor. El cuchillo estaba clavado ahora. Pero el frío despiadado en mi comenzó a derretirse, y tenía que decidir si dar la estocada final o retirar la daga. Nuestro destino dependía ahora de mi, y eso no es algo que debe tomarse a la ligera.
Tuve que seguir hablando para comprar algo de tiempo. “Todo esto es mi culpa... Te enseñé que el amor se da incondicional y libremente. Ahora no estoy tan seguro de que haya sido lo correcto. ¿Recuerdas la última vez que dizque cortamos y te dije que si lo hacías sería la última vez? Ahora no sé si seguimos juntos porque nos amamos o porque no tenemos dignidad.”
Su expresión comenzó a cambiar de dolor a entendimiento. “Sé que me comporto como loca a menudo, pero por favor, perdóname… estoy sola en Nueva York y eso es difícil para mi. Además cuando comenzamos a andar yo solo tenía 18 años—”
“Sí, lo sé.”
“—y muchas de las cosas que hice fue porque no me sentía lo suficientemente buena para ti. Por eso te alejé tantas veces. Hice todo eso porque no creía ser digna de tenerte, no te merecía.”
“¿Y ahora?”
Le tomó más de medio segundo contestar. Pude leer en su rostro que pensó en cuál era la respuesta que yo quería escuchar y cuál era la que en realidad sentía. No importaba. Al decirlo quizá, comenzaría finalmente a creerlo.
“Sí.” Dejó salir un aliento de alivio y ya casi calmada continuó: “Pero no quiero que te quedes conmigo solo porque estoy llorando, o porque te amo. Siempre me diste la libertad de irme y ahora te la quiero dar a ti. Haz lo que creas que es mejor.”
Maldición. Después de dos años y medio, ahora que tengo un pié fuera de la puerta, ella decide madurar. Y parece que pudiera haber alguna esperanza. ¿Lo mejor? ¿Qué es lo mejor? ¿Alguien en realidad podría decírmelo? Todo está de cabeza.
“¿En realidad quieres continuar?” murmuré.
“Sí. Sé que no será fácil, pero si le echamos ganas creo puede funcionar. Le quiero echar ganas...”
“No puedo prometer nada, pero podemos tomarlo un día a la vez. ¿Te parece?”
Sonrió, y de un brinco cruzó el asiento delantero para besarme.